Lucio solo escuchó lo que le interesaba y respondió con frialdad:
—O sea que sí se tomaron de la mano.
Un fuego irracional volvió a encenderse en su pecho ante esa idea.
—No cambies de tema —insistió Úrsula—. ¿Me escuchaste? ¡Yo nunca te lo escondí, te lo conté hace tiempo!
Hizo un cuenco con sus manos y las acercó al oído de Lucio, casi gritando, para asegurarse de que la escuchara fuerte y claro.
Lucio giró el rostro para mirarla.
—No intentes alterar mis recuerdos para convencerme. Si me lo hubieras dicho hace tiempo, ¿cómo es posible que no sepa nada al respecto?
—¡Yo qué voy a saber por qué no sabes! —Úrsula tampoco lograba entender dónde estaba la confusión, pero le recordó—: Ese día me dijiste que no te importaba, y hasta me ordenaste que no volviera a sacar el tema. Dijiste que actuarías como si no lo hubieras escuchado.
Por un instante, Lucio de verdad creyó tener amnesia. En su cabeza, no existía ni un solo recuerdo de esa conversación. Tamborileó los dedos sobre el brazo de la silla.
—¿Qué día?
—Ese día.
—¿Qué día exactamente?
Úrsula respondió con total seriedad:
—El día que exigiste que te diera mis rosas.
Eso sí le sonaba familiar a Lucio.
Unas cuantas rosas marchitas aún descansaban en un jarrón blanco sobre su escritorio, en el estudio.
Lucio corrigió con tono estricto:
—Yo no te las exigí, tú fuiste quien quiso regalármelas.
Úrsula abrió los ojos como platos.
—¡Pero si fuiste tú el que se encaprichó y me las quitó! —se quejó ella. ¿Por qué era tan necio?
Si él no hubiera actuado como si todo le perteneciera, ella habría dejado las flores en la habitación.
Lucio le dedicó una mirada rápida de reojo. No soportaba ese tono con el que ella negaba haber querido regalarle las flores, cuando él estaba convencido de que sí quiso hacerlo.
Tal vez solo le daba vergüenza admitirlo.
Lucio se autoconvenció de eso y decidió no seguir discutiendo el punto.
En ese momento, ninguno de los dos había captado aún la raíz del malentendido.
—Digamos que te las quité, está bien —concedió Lucio.
Úrsula tampoco quería prolongar esa discusión inútil.
Al fin y al cabo, las rosas ya estaban muertas y él se negaba a tirarlas de todos modos.
—Entonces, ¿ya recuerdas qué día fue? —preguntó Úrsula.
Lucio asintió.

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