Faltaban diez días para la celebración de Fin de Año.
Wilfredo comenzó a llamar con demasiada frecuencia, insistiendo en que este año Úrsula y Lucio pasaran las fiestas con ellos, en la casa de la familia Valdés.
El argumento era que la familia Silva había atravesado demasiadas tragedias últimamente: Gonzalo Silva había fallecido y Mercedes se encontraba en el extranjero.
Úrsula se lo quitó de encima con un par de excusas vagas y colgó el teléfono.
La verdad era que llevaba varios días sin ver a Lucio.
Desde aquella noche en la que él se marchó bruscamente sin decir una palabra, no había vuelto a poner un pie en la casa. Al final, Úrsula ni siquiera logró averiguar a qué demonios se refería con aquella enigmática declaración.
Sin embargo, no le dio demasiadas vueltas al asunto. Después de todo, Lucio siempre había sido un tipo sumamente extraño.
Con ese carácter tan cambiante, con un humor que oscilaba de un extremo a otro en segundos y ese molesto tono sarcástico que sacaba a relucir cuando menos se esperaba.
Rosa notó que el joven patrón había vuelto de su viaje de negocios pero no pisaba la casa, así que asumió de inmediato que la pareja estaba peleada. Investigó un poco por su cuenta y le comentó a Úrsula que Lucio se estaba quedando a dormir en la oficina.
A Úrsula le dio algo de vergüenza admitirlo, pero la realidad era que, sin Lucio en casa, el ambiente era maravillosamente pacífico.
Le encantaba esa tranquilidad.
Las rosas blancas en el delicado jarrón sobre el escritorio del estudio se habían marchitado por completo. Esa noche, cuando Úrsula entró a buscar un libro, aprovechó para tirar las flores secas y vaciar el agua del jarrón.
Como si hubiera sido una especie de señal, esa misma noche, Lucio volvió a casa.
Cuando él llegó, Úrsula ya se había lavado la cara y estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la cama, armando un rompecabezas. Iba por la mitad cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe.
Ella levantó la vista.
La silueta de Lucio apareció en el umbral. No reaccionó como solía hacerlo últimamente; no clavó su mirada en ella al instante, no lanzó ninguna frase seductora ni sarcástica para molestarla, ni corrió a sentarla sobre sus piernas para exigirle un beso asfixiante que la dejara con las mejillas ardiendo. En lugar de eso, entró en absoluto silencio. Se aflojó la corbata, se quitó el saco y la trató con una frialdad y distancia que recordaban a sus primeros días de convivencia, con una clara intención de evitar por completo su mirada.
Úrsula lo observó por un par de segundos, incapaz de descifrar su actitud, y regresó su atención a su rompecabezas.
Su cabello oscuro y sedoso caía sobre sus hombros como una cascada. Cuando se concentraba, irradiaba una paz inquebrantable, y ese pijama de seda color lila la hacía lucir tan hermosa y delicada como una magnolia en flor.
Al darse cuenta de que ella ya no lo miraba, Lucio le lanzó una rápida mirada de reojo, disimulando su interés.

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