—Bip...
—El número que usted marcó se encuentra apagado o fuera del área de servicio...
—Sorry, the subscriber you dialed is...
Ya iban más de doce intentos y el teléfono de Úrsula seguía sin dar tono.
Lucio estaba sentado en su amplia oficina, con el rostro envuelto en una oscuridad aterradora. La atmósfera era tan pesada que nadie en toda la empresa se atrevía a cruzar por el pasillo, mucho menos a entrar a hablarle.
Minutos después, Tomás asomó la cabeza y entró.
—Ya revisamos todas las grabaciones de seguridad. No hay ni una sola toma donde se vea a la señora Úrsula saliendo del hospital.
Lucio bajó la vista hacia la pantalla de su teléfono. El rastreador GPS indicaba claramente que ella había abandonado el centro médico a las diez y media de la mañana, y la ruta que marcaba la aplicación señalaba directamente hacia la casa.
De hecho, al ver eso durante la mañana, Lucio había esbozado una sonrisa irónica, pensando que ella lo detestaba tanto que se había marchado sin siquiera mandarle un mensaje, yendo directo a la Mansión Poniente.
En cuanto logró apagar los incendios corporativos, le mandó un mensaje a Rosa para que fuera a preparar el almuerzo y, de paso, intentara tomarle una foto a escondidas a la receta médica de Úrsula.
Pero apenas unos minutos después, Rosa le llamó al borde de un ataque de pánico: la casa estaba vacía. No había una sola señal de que Úrsula hubiera estado allí.
Lo único que Rosa encontró fue su teléfono celular tirado cerca de la entrada principal.
Y ahora, Tomás regresaba de investigar directamente en el hospital para confirmar que, según los registros de entrada y salida, Úrsula jamás salió de las instalaciones.
La temperatura en la habitación descendió de golpe.
Tomás, sintiendo el pánico en el ambiente, intentó buscarle una explicación razonable.
—Jefe... ¿usted cree que tal vez la señora descubrió que le instaló un rastreador en el celular y por eso se molestó y se fue?
Los labios de Lucio se curvaron en una mueca cargada de sarcasmo.
—¿Cómo voy a saberlo?
Al fin y al cabo, él también tenía su propio GPS activado. Simplemente no le había mencionado nada; si ella lo descubría, se daría cuenta de que podía ver su ubicación en todo momento, pero si nunca lo notaba, no pasaba nada.
Jamás se imaginó que justo después de configurarlo, ella simplemente desaparecería del mapa.
¡Maldita tecnología inútil!
Lucio presionaba el cuerpo de su pluma fuente con tanta fuerza que los tendones de su mano saltaban. De repente, su voz rompió el pesado silencio.

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