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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 323

Poco después de despertar y sin haberse recuperado por completo, Lucio ya estaba trabajando desde su habitación del hospital.

Era un hombre con una energía inagotable por naturaleza; podía aceptar la muerte, pero jamás soportaría quedarse tirado en una cama sin hacer nada. Eso lo hacía sentirse peor que un inútil.

Por si fuera poco, no pasó mucho tiempo antes de que Lucio se hartara de estar hospitalizado.

Sentía que cada día ahí era como ser una concubina esperando a que Úrsula le concediera el favor de su visita, sin saber cuándo se dignaría a aparecer.

Si la llamaba, ella no contestaba alegando que estaba trabajando. Si le mandaba mensajes, de cada diez le respondía uno, y la excusa siempre era la misma: el trabajo.

Tomás tuvo que gastar saliva rogándole e implorándole para lograr retenerlo un tiempo más.

Durante ese lapso, Lucio dependía de una silla de ruedas para moverse.

Su lesión más grave y difícil de sanar estaba en la pierna.

El día que le dieron el alta fue un sábado soleado.

Las demás heridas habían sanado con el tiempo, pero la pierna izquierda, al ser la más dañada, seguía sin recuperarse del todo.

Aunque la ligera cojera era imperceptible si no se prestaba atención, Tomás, siempre detallista, le preparó a Lucio un elegante bastón negro con relieves.

Lucio lo miró con evidente desprecio. No quería usarlo.

Para él, apoyarse en eso era como admitir que no era lo suficientemente fuerte y que dependía de un objeto para caminar.

Pero, en el fondo, solo él sabía cuánto le costaba dar cada paso.

Al final, terminó aceptando el bastón.

Se suponía que al ser sábado, había mandado a Lola para que le avisara a Úrsula sobre su alta médica. Sin embargo, esperó desde la mañana hasta el atardecer, y Úrsula nunca apareció.

Lucio sintió que su orgullo se resquebrajaba y se excusó a sí mismo pensando que seguro estaba muy ocupada con el trabajo.

Su asistente asintió a su lado con actitud aduladora, diciéndole justo lo que quería escuchar.

Ese mismo día, Lucio regresó por su cuenta a la Mansión Poniente.

Llegó cuando ya había anochecido.

Entró al salón apoyándose en el bastón. Rosa, que estaba preparando la cena, se acercó a recibirlo apresuradamente. Con mucho tacto, evitó preguntar por su forma de caminar y, en su lugar, le dedicó una sonrisa.

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