Al ver esa escena, el corazón de Lucio se llenó repentinamente de paz.
Se acercó y dejó el bastón a un lado.
—Déjalo ya.
Lucio la tomó en brazos sin previo aviso.
Por inercia, se inclinó para besarle los labios.
Úrsula levantó las manos, empujándole el rostro para apartarlo.
—Tengo que entregar esto hoy.
—Tú ve a descansar, yo lo termino —dijo Lucio.
Sin darle opción a réplica, la depositó en el sofá cercano, regresó a la silla del escritorio y se puso a hacer su trabajo.
Era un proyecto insignificante de una empresa filial, algo a lo que Lucio jamás le prestaría atención en circunstancias normales.
Úrsula se levantó y se acercó a él.
—Es mi oportunidad de ganar experiencia.
Zarandeó el respaldo de la silla, intentando que se levantara.
Lucio levantó la mirada.
—La experiencia puede esperar.
Hizo una pausa y añadió:
—Si subiste de peso por el estrés, lo que necesitas es descansar.
Esas habían sido las propias palabras de Úrsula.
Lucio la miró fijamente.
Ella le devolvió la mirada.
Sus ojos se cruzaron por un largo momento.
Úrsula fue la primera en ceder, tocándose la punta de la nariz mientras apartaba la vista. Salió de la habitación y bajó las escaleras.
Desde el día que regresó, la rutina en la Mansión Poniente volvió a la normalidad.
Ambos iban a trabajar y regresaban como siempre, inmersos en sus propios asuntos. Solo había un pequeño detalle distinto.

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