¡Era un susto monumental!
Úrsula debió haberlo previsto. Cada vez que Lucio actuaba raro, terminaba haciendo una locura.
Ella creyó que había cambiado, pero bajó la guardia.
Úrsula levantó la vista con expresión compleja, deteniéndose en la puerta sin dar un paso más.
A Lucio no pareció importarle que se quedara allí congelada, ni creyó que hubiera nada malo. Se levantó y caminó hacia ella, paso a paso.
Avanzó con una postura relajada y segura, sosteniendo una pequeña y elegante cajita en las manos. Se detuvo justo frente a ella.
Sosteniendo la caja con una mano, la abrió lentamente con la otra.
Un anillo resplandeciente quedó a la vista.
Lucio ya le había dado dos anillos antes.
Uno era la alianza de bodas y el otro un diamante rosa de valor incalculable.
Este era el tercero.
Lucio esbozó una sonrisa.
—Fui a escogerlo personalmente. Hasta le pregunté a tu amiga, la de apellido Herrera, y me dijo que te gustaría este.
El rostro de Úrsula no mostraba ni pizca de la emoción o alegría típica de una esposa recibiendo una declaración de amor. Simplemente lo miró en silencio.
¿Así que Yara estaba involucrada en esto?
Muy lejos de allí, en la Costa Este, Yara Herrera, ahora conocida por muchos como la «jefa Herrera», estornudó mientras supervisaba la fábrica. Si supiera cómo la estaba utilizando Lucio, habría gritado que era inocente. Hace unos días él le había preguntado qué anillo elegir para Úrsula. Yara no sabía cuáles eran sus intenciones, pero si era para su mejor amiga, tenía que ser el más grande, caro y brillante de todos.
Y resultó ser exactamente el que Lucio tenía en sus manos.
Sacó el anillo, luciendo muy entusiasmado.
—Déjame ponértelo.
Hasta ese momento, Lucio no notaba nada raro. Estaba completamente inmerso en su declaración, que tal vez carecía de creatividad, pero derrochaba dinero.
Hasta que intentó tomar la mano de Úrsula y ella la apartó de golpe.
La mano de Lucio, sosteniendo el anillo, se quedó congelada en el aire.
Frunció el ceño e inclinó la cabeza.
—¿No te gusta?
—No es eso.
Úrsula lo esquivó y caminó hacia el interior de la casa. Mientras avanzaba, se quitó el bolso que llevaba al hombro. Iba a dejarlo en el sofá, pero al ver que no había ni un espacio libre por la cantidad absurda de rosas, terminó dejándolo sobre la larga mesa adornada con velas.
Lucio se dio la vuelta para mirarla.
Úrsula se apoyó contra el borde de la mesa, necesitando unos segundos para procesar el shock. Seguía sin poder asimilar la escena.
—A ver, ¿qué te pasa?
No lo dijo con fluidez, sino con una profunda incredulidad.
Lucio no vio el problema. La miró fijamente, con un tono calmado y el rostro imperturbable:
—Me di cuenta de algo.
—¿Ah? —murmuró Úrsula con un hilo de voz.
Lucio acortó la distancia de nuevo. Su tono era solemne, revelando un ligero pudor al decirlo, pero pronunciando cada palabra con firmeza:
—Aunque parezca increíble, creo que de verdad me enamoré de ti. Quiero que estemos juntos.
—¡Alto! —Apenas él se acercó a menos de dos metros, Úrsula levantó la mano como un policía de tránsito, prohibiéndole dar un paso más. Intentó desarmar su absurdo discurso desde la lógica—: Ya estamos juntos. Comemos juntos, vivimos juntos, dormimos juntos. No necesitamos agregar ningún tipo de ceremonia.

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