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Matrimonio por error: Mi esposo es un CEO malandro romance Capítulo 327

—¡Pero esta forma de declararte está muy mal! —replicó Úrsula—. ¡Te desviaste por completo del tema!

Lucio ya no tenía filtros:

—Entonces ponme un cero, total, nunca me importaron las calificaciones.

—Te lo digo de corazón, como alguien que ya tiene experiencia en esto del noviazgo: no vale la pena, solo trae problemas y sufrimiento.

Lucio la miró desde arriba, terco como una mula:

—Pues llama a la policía. A mí me encanta sufrir.

Úrsula se quedó sin opciones.

Sinceramente, no entendía qué demonios le pasaba a Lucio para estar tan obsesionado con ser su novio, al punto de perder la cabeza.

Él, mejor que nadie, debía tener claro que su matrimonio era una transacción basada en intereses. El romance estaba rotundamente prohibido.

No involucrar sentimientos era la regla tácita de su relación, y en el pasado, Lucio había sido el más riguroso en cumplirla.

Tenía la cabeza hecha un desastre.

La tensión no cedía.

De repente, a Úrsula se le ocurrió algo. Se dio la vuelta, abrió su bolso, sacó el teléfono y empezó a marcar un número.

—¿A quién llamas? —preguntó Lucio.

—A Tomás. Le voy a pedir que consiga un buen psiquiatra. Yo misma te acompañaré a consulta.

A sus ojos, él ya había perdido la cordura por completo.

Antes de que la llamada conectara, Lucio le arrebató el teléfono. Apretó los dientes.

—¡No estoy loco!

—No te creo —retó Úrsula—. A menos que recojas todas estas rosas y dejes la casa como estaba, entonces haré de cuenta que no vi nada.

—¿Hablas en serio?

Úrsula asintió con firmeza:

—¡Sí!

Ambos se miraron fijamente.

Lucio no aguantó más.

Era la primera vez que ponía todo su corazón, lleno de ilusión, para confesar sus sentimientos, y se lo destrozaban en la cara. Sentía una mezcla de dolor y adormecimiento en el pecho, como si le hubieran abierto una enorme herida.

Sostuvo el rostro de Úrsula y la besó con brusquedad.

Esta vez fue un beso salvaje, sin técnica, agresivo, tanto que dejó los labios de Úrsula hinchados.

Ella reunió todas sus fuerzas, encontró el ángulo perfecto, apoyó las manos en los hombros del hombre y lo empujó con firmeza.

Finalmente, logró apartarlo.

Lucio no llevaba su bastón; de repente sintió un punzante dolor en la pierna izquierda, perdió el equilibrio y retrocedió torpemente un par de pasos.

Eso parecía ser la prueba definitiva de que, de ahora en adelante, Lucio ya no era ese ser invencible y sin puntos débiles frente a Úrsula, ni física ni emocionalmente.

Úrsula jadeaba ligeramente, furiosa con él.

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