Al final, la discusión terminó muy mal.
Para colmo, la casa estaba tan atestada de rosas que no había por dónde pasar. Como Úrsula tenía que trabajar al día siguiente y no estaba de humor para seguir lidiando con Lucio, optó por irse de la casa y pasó la noche en el departamento de su amiga Elena.
Al mediodía siguiente, durante su hora de descanso en la oficina, Úrsula abrió un grupo de chat que llevaba tiempo sin revisar. Estaba lleno de toda clase de chismes.
Rápidamente encontró la actualización sobre la alianza matrimonial entre las familias Jiménez y Lozano. Los que sabían del tema decían que nunca volvieron a estar juntos. Peor aún, Julieta Jiménez y Lucas Lozano habían pasado del amor al odio visceral; ahora, cada vez que se cruzaban, terminaban a los golpes. Incluso adjuntaron un video de su última pelea.
El video asustó tanto a Úrsula que se salió de inmediato del chat.
Ver el peor escenario posible solo sirvió para reafirmar su teoría: las parejas unidas por intereses no debían mezclar sentimientos emocionales.
Con toda una vida por delante, ¿para qué amargarse con el amor? Úrsula ya había tenido una relación en el pasado y la experiencia no le dejó ganas de repetir el plato.
Se quedó sentada en su escritorio dándole vueltas al asunto, y al final decidió reenviarle el video a Lucio.
Él no escribió ninguna respuesta, solo le mandó cinco emojis de bombas al chat.
"........."
El día de trabajo pasó volando.
Al salir, Úrsula estaba dudando si volver a casa o no, pero apenas pisó la calle, divisó a lo lejos el inconfundible Rolls-Royce.
Dio media vuelta e intentó caminar en dirección contraria, pero pronto escuchó pasos apresurados acercándose a sus espaldas.
A Lucio le dolía el pecho de la frustración. La abrazó por la cintura y la arrastró hacia el auto.
—Ya limpié todas las rosas de la casa. Si se te ocurre volver a huir de casa esta noche, a ver cómo te va.
Úrsula se resistió un poco.
—No huí de casa, solo me quedé a dormir en la casa de una amiga, algo totalmente normal.
Lucio abrió la puerta del coche y la metió a la fuerza. Luego subió detrás de ella y cerró de un portazo.
—¡Arranca! —le ordenó al chofer, como si temiera que Úrsula saliera corriendo de nuevo.
El chofer, que no tenía un pelo de tonto, subió la mampara divisoria de inmediato para no ver ni escuchar nada.
El auto se alejó lentamente rumbo a la Mansión Poniente, integrándose al tráfico.
Úrsula, hundida en el asiento, le dio un par de pisotones a los impecables zapatos de cuero de Lucio.
Él, a propósito, estiró la pierna hacia ella con un tono relajado:
—Adelante, písame hasta matarme.
Úrsula lo miró como si estuviera viendo a un idiota. Después de un rato, no pudo evitar preguntar:
—Has estado trabajando todo el día, ¿no estás cansado?
Lucio torció los labios en una sonrisa forzada y sin gracia.
—Al contrario, estoy lleno de energía.

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