Úrsula colocó el separador en la página que estaba leyendo, cerró el libro y subió las escaleras.
Justo al llegar a la puerta de su habitación, la del estudio contiguo se abrió. Lucio salió y se toparon de frente.
Sin poder evitarlo, Úrsula recordó lo que le había contado Rosa y le echó un vistazo a su rostro.
Lucio fingió no notar su mirada, pasó de largo y abrió la puerta de la habitación.
Mientras entraba, se desabotonó la camisa y se la quitó. Su torso desnudo mostraba un par de cicatrices nuevas tras el último incidente.
Úrsula recordó algo de pronto y le preguntó:
—¿Desapareció la cicatriz de tu frente?
Lucio se echó hacia atrás los mechones que caían por los lados de su rostro.
—Sigue aquí.
—Ah, es que ayer no te la vi —comentó Úrsula.
Lucio soltó un bufido.
—Eso fue porque ayer Marcos me la tapó con maquillaje.
—Ya veo.
Lucio no aguantó más su papel de hombre frío e indiferente. Se acercó directamente a ella, la levantó en brazos y se sentó en el sofá, obligándola a sentarse a horcajadas sobre sus piernas.
Quedaron cara a cara.
Lucio enlazó las manos y las apoyó en la base de la espalda de Úrsula.
—¿Te estuvo contando Rosa algún chisme?
Úrsula parpadeó, y antes de que pudiera responder, escuchó a Lucio defenderse solo:
—Ella vio mal, no estaba llorando.
—Ella no dijo que estuvieras llorando —replicó Úrsula.
Tras una breve pausa, Úrsula se inclinó hacia él con genuina curiosidad.
—¿De verdad lloraste? ¿Solo porque te rechacé?
Lucio la miró en silencio.
—No sabía que fueras tan frágil —comentó Úrsula.
Lucio se le quedó viendo a esa boca cercana que no dejaba de abrirse y cerrarse para sacarlo de sus casillas. Bajó la cabeza y le dio un beso contundente.
Úrsula se enderezó de golpe y se limpió los labios con el dorso de la mano.
—Aunque me rechazaste, yo no estuve de acuerdo, así que no cuenta —dijo él.
—Para rechazarte no necesito tu permiso.
—Cada familia tiene sus propias reglas, y yo soy el hombre de la casa —declaró Lucio.

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