Úrsula empezaba a sospechar que ese hombre tenía una seria adicción.
Se quedaron en la habitación un rato más, mientras el cielo afuera terminaba de oscurecer.
Cuando la cena estuvo lista, el mayordomo subió a llamarlos.
Al salir de la recámara y bajar, todos ya estaban reunidos en el comedor: Wilfredo y Sonia, Natalia, Hugo y la pequeña Lucía, y por supuesto, Noemí Valdés.
Nadie se había sentado; todos esperaban a que Lucio y Úrsula se acercaran.
Al llegar a la mesa, Wilfredo tomó la palabra con una enorme sonrisa falsa.
—Adelante, Lucio. Es una ocasión especial que nos visites, siéntate tú en la cabecera.
En Nueva Alborada, las familias pudientes tenían sus reglas estrictas para sentarse a la mesa. El abuelo de Úrsula pensaba que esas cosas ya no tenían lugar en la era moderna, pero tras su muerte, Wilfredo, su hijo, se había obsesionado con revivir esos delirios de grandeza, jugando a ser el rey de su propio castillo.
Natalia estaba estupefacta. Su padre, que siempre buscaba imponer su autoridad, estaba cediendo la cabecera de la mesa.
Lucio esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—No creo que eso sea correcto.
Wilfredo hizo un gesto con la mano, restándole importancia.
—Por favor, somos familia. No hablemos de formalidades.
Lucio arqueó una ceja. Con total naturalidad, puso ambas manos sobre los hombros de Úrsula y, aplicando un poco de fuerza, la empujó suavemente hasta sentarla justo en la cabecera.
Úrsula levantó la mirada, totalmente desconcertada.
Lucio se quedó de pie junto a ella, con los brazos cruzados.
A Wilfredo le tembló un párpado. Sentía que su propia hija lo estaba pisoteando frente a todos. Su rostro se transformó en una mueca indignada.
—Úrsula no puede sentarse ahí, va en contra de las normas de la familia.
Lucio lo fulminó con la mirada.
—Las normas las hacen las personas. ¿No acaba de decir usted mismo, suegro, que somos familia y no hay que fijarse en formalidades?
Wilfredo se atragantó con sus propias palabras, pero después de una pausa, insistió:
—Son tradiciones de nuestros ancestros, por algo existen.
Lucio soltó una carcajada burlona.
—Los ancestros llevan muertos sabe Dios cuántos años. Si quiere, baje al sótano y pregúnteles su opinión. Cuando le contesten, nos sentamos a cenar.
A Wilfredo se le cayó la cara de vergüenza.
Úrsula quería reírse, pero con tanta gente presente hizo un esfuerzo sobrehumano por apretar los labios.
Comprendió que ser un desgraciado a veces tenía sus ventajas. Antes, Lucio peleaba con Mercedes Silva en su casa, y ahora venía a destruir el ego de Wilfredo.
Su lengua afilada no tenía piedad con nadie. Ya fuera en su familia o en la ajena, insultaba a todos por igual, dejando a los demás sin palabras para defenderse.
Ese era exactamente el efecto que Lucio buscaba. Llevaba tiempo queriendo darle una lección a esta manada de sanguijuelas. No olvidaba que, cuando Úrsula desapareció, nadie movió un dedo por buscarla, excusándose en que 'no podían hacer nada'. Se la tenía jurada a todos.
Odiaba a su propia familia y odiaba a la familia de su esposa, con una misantropía perfectamente equilibrada.
Además, había hablado con el médico, quien le explicó que durante el embarazo las emociones eran más inestables y había riesgo de depresión. Así que Lucio simplemente la llevó a casa para que se desahogara viéndolos sufrir.
La conocía bien. Sabía que la habían criado bajo un montón de reglas absurdas de etiqueta y respeto que no podría romper de la noche a la mañana. Con las personas que compartían su sangre, su instinto siempre sería evitar el conflicto y alejarse.
Al principio, Lucio pensó que eso era estupidez, pero con el tiempo entendió que es muy fácil juzgar la vida ajena desde afuera, pero estando en esa posición, las cosas eran demasiado complejas.
Si Úrsula empezara a gritar e insultar a la gente, dejaría de ser ella misma.

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