Al caer la tarde, el auto negro se adentró en la propiedad de la familia Valdés.
Sonia Valdés llevaba rato esperando. En cuanto vio la silueta aparecer en la puerta del vestíbulo, se levantó a toda prisa.
Sus ojos se clavaron en Úrsula.
—Mi niña.
Úrsula la miró sin mostrar emoción alguna.
—Hola.
Había más gente en la sala. Mientras se saludaban por compromiso, Sonia ya se había acercado a Úrsula, la tomó de la mano y la llevó a sentarse al sofá.
—Le pedí a la cocinera que preparara tu sopa favorita, tienes que alimentarte bien esta noche.
Úrsula observaba su teatrito con total indiferencia.
—Claro, gracias, mamá.
Sonia sonrió.
Úrsula sabía cómo era su madre. Aunque su amor fuera solo de un treinta por ciento, sabía actuarlo como si fuera un cien por ciento, repitiendo sin cesar lo mucho que la extrañaba.
En el fondo, todo se resumía a que, al no poder ver a Úrsula y solo recibir frialdad de su parte, el sentimiento de culpa de Sonia se disparaba.
Y para calmar esa culpa interna, sin tener que hacer ningún esfuerzo real para reparar el daño, optaba por acosar a Úrsula constantemente hasta que ella dejara de rechazar su afecto.
Justo como ahora. Llevaban unos diez minutos sentadas en el sofá y Sonia no le había soltado la mano, mirándola con esos ojos tiernos y melancólicos.
Pero al menos Sonia mostraba algo de afecto.
Wilfredo Valdés ni siquiera se molestaba en disimular. Estaba sonriendo de oreja a oreja, adulando descaradamente a Lucio, quien raramente pisaba esa casa. Y entre línea y línea, solo buscaba sacar ventajas para el Grupo Valdés.
Lucio ni siquiera le daba importancia a ese viejo avaro.
Él tenía toda su atención en la conversación entre Úrsula y Sonia. Mientras más escuchaba, más se daba cuenta de que Sonia solo decía tonterías de revista: que había que dormir temprano, que por el bebé tenía que comer el doble, que no podía ser egoísta y ponerse a escoger la comida, y demás sermones.
A Úrsula las palabras le entraban por un oído y le salían por el otro.
Pero Lucio se hartó primero. Dio unos golpecitos con los nudillos en el reposabrazos, cortando de raíz el hechizo de falsa devoción de Sonia.
—El doctor indicó que no debe comer en exceso, sino llevar una dieta equilibrada.
Miró fríamente a Sonia de reojo.
Cuando Lucio ponía su cara de mafioso, realmente daba miedo. Sonia se calló en el acto.
Por fin, los oídos de Úrsula tuvieron paz.
Lucio se levantó y le tomó la mano.
—Aún no conozco tu habitación. Enséñamela.
—Está bien —dijo ella.
Ambos se levantaron del sofá.
Sonia seguía petrificada en su asiento por la mirada letal que había recibido. Wilfredo, siempre tan oportunista, sonrió.
—Vayan, vayan. Cuando la cena esté lista, mandaré a que les avisen.
Úrsula llevó a Lucio al segundo piso y entraron a su recámara.
En cuanto la puerta se cerró, Lucio la tomó por la cintura, la arrinconó contra la puerta y la besó con intensidad.
La respiración dominante del hombre la invadió por completo. A los pocos segundos, a Úrsula le temblaban las piernas; de no ser porque él la sostenía, se habría resbalado al piso.
Intentando no perder la cordura, le dio unas palmaditas suaves en el pecho para intentar distraerlo.

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