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Matrimonio por un embarazo accidental romance Capítulo 11

Sentí el impacto de sus labios contra los míos con una fuerza desmedida, desesperada.

En un primer impulso, apoyé las manos en su pecho y luché por alejarlo de mí, intentando frenar esa locura alimentada por el alcohol y el rencor.

Pero el beso no cedió; al contrario, se volvió cada vez más profundo, caótico y sofocante, hasta que las fuerzas en mis brazos comenzaron a flaquear.

No supe en qué momento perdimos el equilibrio ni cómo terminamos cayendo juntos sobre la cama, atrapados en la pesadez de ese vestido de novia que minutos antes me parecía una condena.

Un sudor frío me recorrió la espalda al sentir el peso de su cuerpo sobre el mío.

El miedo me oprimió el pecho, recordándome que no tenía ningún recuerdo claro de aquella fatídica primera noche que lo había cambiado todo entre nosotros.

Sin embargo, ahora sus manos firmes y calientes ya estaban sobre mi piel, reclamando territorio.

Quise evitarlo, quise gritarle que se detuviera, pero la quemadura de sus labios recorriendo los míos me hizo estremecer desde las entrañas.

Al abrir los ojos un instante, me encontré con la cercanía de su rostro.

¿Por qué demonios tenía que ser tan dolorosamente atractivo?

Intenté negar la chispa que se encendía dentro de mí, quise enterrar aquellos viejos sentimientos de adolescente que creía olvidados, pero estaban ahí, latiendo con más fuerza que nunca.

Me sentí la peor mujer del mundo por ceder, pero terminé cayendo sin remedio en el abismo de mis propios deseos.

Sentí cómo mis últimas defensas terminaban de fallar y mi cuerpo terminaba por ceder por completo.

La verdad me atravesó con la precisión de un puñal: a pesar del desprecio y del desastre que acabábamos de presenciar abajo, yo lo quería, me atraía demasiado.

Cuando volví a ser plenamente consciente de la realidad, ya estaba recostada sobre el colchón con Lisandro encima de mí.

Sus besos exigentes me sofocaban y, de pronto, abandonó mi boca para reclamar la piel vulnerable de mi cuello.

Dejaba un camino húmedo y ardiente a su paso, una ráfaga de fuego tan intensa que supe en ese preciso segundo que me incendiaría junto a él sin importarme las consecuencias.

Con manos impacientes, fue desabrochando y quitándome el pesado vestido, despojándome poco a poco de las capas de seda hasta dejar mis senos al descubierto.

Se inclinó y los besó con una sed casi salvaje; en su mirada pude notar el deseo.

Luego, deslizándose hacia abajo, apartó mis bragas.

El roce de sus dedos al acariciar mi intimidad me sacó un jadeo involuntario.

La humedad de mi propio cuerpo me delataba sin piedad.

Lisandro comenzó a realizar movimientos circulares y delicados, fijando sus ojos oscuros en mí para observar cómo me estremecía y cómo me arqueaba ante el más ligero contacto.

Prolongó esa caricia con una lentitud calculada, torturándome con ráfagas de placer que me hacían perder el aliento.

Cuando la tensión en la habitación se volvió insostenible, se despojó bruscamente de su ropa.

Me quedé completamente inmóvil, observándolo en la penumbra.

No pude evitar admirar la perfección de su cuerpo: amplio, firme y bien moldeado.

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