POV Evania.
Dormí apenas unas horas.
Mi cuerpo estaba agotado, pero mi mente no dejaba de despertar a cada momento.
Sentía dolor en todo el cuerpo, especialmente en el abdomen.
Cada movimiento me recordaba la cesárea, el accidente y el miedo que había sentido al pensar que podía perder a mis bebés.
Lo único que me tranquilizaba era saber que estaban vivos.
Me habían explicado que, por haber nacido antes de tiempo y ser mellizos, necesitaban permanecer un tiempo en incubadoras.
Aquella noticia me había llenado de angustia, pero los médicos aseguraron que estaban estables.
Aun así, cada vez que cerraba los ojos imaginaba sus pequeños rostros.
Quería tenerlos conmigo.
A primera hora de la mañana, escuché que la puerta de mi habitación se abría.
Dos enfermeras entraron empujando pequeñas cunas. Mi corazón dio un salto.
—Aquí están tus bebés.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
Eran tan pequeños… Mi hijo era un poco más gordito, mientras que mi hija era mucho más diminuta y delicada.
Cuando los vi juntos, sentí una emoción tan grande que no pude evitar llorar.
—Hola, mis pequeños…
Extendí los brazos con cuidado.
Las enfermeras me ayudaron a acomodarlos para que pudiera alimentarlos.
Amamantarlos no fue sencillo.
Me dolía el cuerpo, estaba débil y apenas podía cambiar de posición sin sentir molestias.
Pero cuando escuché sus pequeños sonidos y sentí que comenzaban a alimentarse, todo el dolor pareció desaparecer.
Los miré con lágrimas en los ojos.
—Eso es… coman, mis amores.
Acaricié con un dedo la pequeña mejilla de mi hija.
—Mamá está aquí.
Después miré a mi hijo.
—Y tú también, pequeño.
La enfermera sonrió.
—Están respondiendo muy bien. Son pequeños, especialmente la niña, pero tienen buen estado.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—¿De verdad están bien?
—Sí. Tuvieron mucha suerte.
Nosotros tuvimos mucha suerte.
Cerré los ojos unos segundos.
Pensé en la piscina.
Si Lisandro no hubiera llegado a tiempo…
Entonces la puerta volvió a abrirse.
Era Pilar. Mi suegra entró con una expresión preocupada.
Desde que había despertado, ella no se había separado de mí.
Me ayudaba a levantarme, preguntaba a los médicos por los bebés, se aseguraba de que comiera y hasta acomodaba las almohadas detrás de mi espalda para que pudiera descansar.
La observé y sentí algo extraño en el pecho.
Pilar estaba haciendo por mí algo que mi propia madre nunca había hecho.
Era como la madre que siempre había necesitado.
—¿Cómo amaneciste? —preguntó mientras se acercaba.
—Adolorida.
Ella sonrió con ternura.
—Es normal. No intentes hacer más de lo necesario.
Se acercó a los bebés y los observó con una sonrisa.
—Son hermosos.
Mi voz salió cargada de emoción.
Pilar tomó mi mano.
—Y tú también eres una niña para mí. Así que déjame cuidarte.
Aquellas palabras me hicieron sentir un nudo en la garganta.
Antes de que pudiera responder, escuchamos que alguien llamaba a la puerta.
Pilar levantó la mirada.
La puerta se abrió.
Y entonces la vi.
Mi madre.
Llevaba un enorme ramo de rosas entre los brazos.
Por un instante nadie dijo nada.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
El recuerdo de la bofetada volvió a mi mente.
Apreté las sábanas.
—¡Vete!
Mi madre se quedó inmóvil.

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