Cinco años después
POV Evania
El susurro constante de la voz de Lisandro recorría la penumbra de la habitación mientras les leía un cuento a los niños.
Permanecí a su lado en silencio, observándolo de reojo mientras me inclinaba para arroparlos con delicadeza.
Cuando por fin las respiraciones de Amy y Luciano se volvieron pausadas y profundas, me quedé un segundo contemplándolos.
Eran absolutamente preciosos.
A sus cuatro años, ambos compartían una semejanza asombrosa: los rizos dorados idénticos a los míos, la piel blanca y unos ojos grandes de un azul intenso como el de Lisandro.
Depositamos un beso tierno en las frentes de los niños, salimos de la alcoba tratando de no hacer el menor ruido y me dirigí de inmediato a nuestra habitación.
Necesitaba un momento a solas para despojarme del cansancio del día.
Entré al cuarto de baño, dejé caer la ropa al suelo y abrí la llave de la ducha.
El agua caliente comenzó a caer sobre mi cuerpo, aliviando la tensión de mis hombros, cuando de pronto escuché el sonido metálico del pestillo al abrirse.
A través del cristal empañado, vi la silueta de Lisandro entrando al baño mientras se despojaba de la camisa y los pantalones con una prisa impaciente.
Mi cuerpo se tensó al instante.
Sabía perfectamente lo que buscaba.
Habíamos comenzado a tener sexo desde que los niños cumplieron su primer año, justamente la noche en que festejamos sus primeros pasos.
Aquella velada, llevados por la alegría del momento, brindamos con una copa de vino.
Una cosa llevó a la otra, la cercanía hizo lo suyo y terminamos atrapados en la misma cama.
Por pura suerte no quedé embarazada de nuevo en esa ocasión, y a partir de ese momento comencé a cuidarme rigurosamente con anticonceptivos.
Desde entonces, nos buscábamos con cierta regularidad; no como una pareja real que se entrega con ternura, sino bajo una dinámica extraña e indefinida.
A veces no podía evitar sentir que yo solo era el medio donde él desahogaba sus ganas, una válvula de escape para su necesidad física.
Y yo... yo jamás fui capaz de negarme.
En el fondo de mi alma, esa parte ingenua que me negaba a matar guardaba la ilusión de que lo hacía porque comenzaba a amarme, de que con cada encuentro algo cálido y profundo estaba naciendo en su corazón.
Pero esas tontas ilusiones se destrozaban sistemáticamente a la mañana siguiente, cuando él volvía a armarse con esa coraza de fría indiferencia.
Tenía un miedo atroz y permanente clavado en el pecho.
Miedo de que en realidad jamás me hubiera amado a mí, de que siguiera enamorado de ella en secreto y que, cada vez que me tocaba en la oscuridad, me usara solo como un sustituto, pensando en Constanza, mientras estaba dentro de mi cuerpo.
Lisandro corrió la puerta de la ducha, entró en el espacio reducido y se acercó a mí por la espalda.
El agua caliente ahora nos rodeaba a ambos.
Deslizó sus brazos alrededor de mi cintura y me pegó a su pecho desnudo.
No hice ni un solo movimiento para alejarlo.
Aunque intenté resistirme mentalmente, mi cuerpo me traicionó de inmediato, tensándose ante el contacto de su piel ardiente.
Comenzó a depositar besos pausados sobre mis hombros húmedos, mientras sus manos subían lentamente hacia mis pechos.
La forma en que los moldeaba y los acariciaba despertaba ráfagas de sensaciones tan intensas que disolvían cualquier rastro de mi razón.
Mi cuerpo y mis instintos de mujer terminaban rindiéndose ante él, como siempre.
Deslizó una de sus manos hacia abajo, buscando mi centro, y en ese segundo perdí el control absoluto de mí misma.

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