POV Evania
Desperté lentamente.
Los primeros rayos de sol se filtraban por las cortinas.
Durante unos segundos permanecí inmóvil, mirando el techo.
Entonces giré el rostro.
Y lo vi.
Lisandro estaba dormido en el sofá.
Me quedé observándolo en silencio.
No sabía en qué momento había regresado. Debí quedarme dormida después de todo lo ocurrido, demasiado agotada para seguir pensando, demasiado rota para continuar llorando.
Pero verlo allí hizo que mi corazón doliera un poco más.
No debería haberme afectado.
Ya sabía la verdad.
Sabía que nuestra historia había llegado a un punto del que quizá jamás podríamos regresar.
Aun así, verlo dormir me recordó todas las noches en las que había deseado que significara algo para él.
Todas las veces que imaginé que algún día podríamos ser una familia de verdad, que él finalmente me elegiría.
Qué ingenua había sido.
Me levanté con cuidado para no despertarlo.
Entonces recordé todo.
Cómo habíamos llegado hasta aquí.
Un maldito error. Un estúpido error que había cambiado mi vida por completo.
Había cometido una equivocación y, desde entonces, nada volvió a ser igual.
Me llevé una mano al pecho.
Desde aquel día no había tomado una sola gota de alcohol.
Ni siquiera una copa en una celebración.
Nada. Tenía miedo. Miedo de volver a perder el control, de volver a convertirme en aquella mujer que no reconocía, de despertar algún día y descubrir que había destruido otra parte de mi vida por una decisión impulsiva.
No quería volver a perderme. Nunca más.
Y ahora comprendía algo que había tardado demasiado en aceptar. No podía comprar una vida que nunca había sido realmente mía.
No podía obligar a un hombre a amarme.
Al final, aquel lugar nunca había sido mío.
**
Entré al cuarto de baño y cerré la puerta.
Abrí la ducha.
El agua caliente comenzó a caer sobre mi cuerpo y cerré los ojos.
Entonces sentí que ya no podía contenerlo. Quería llorar.
Necesitaba hacerlo. Y allí podía.
El ruido de la ducha cubriría mis sollozos. Las gotas de agua se mezclarían con mis lágrimas y nadie sabría cuánto estaba sufriendo.
Apoyé las manos contra la pared.
—¿Por qué? —susurré.
No esperaba una respuesta.
Quizá nunca la habría.
No escuché la puerta abrirse.
Tampoco escuché sus pasos.
Solo reaccioné cuando sentí sus manos rodeando mi cintura.
Me quedé paralizada.
¡Diablos!
Lisandro estaba detrás de mí.
Me abrazaba como si todavía tuviera derecho a hacerlo, como si nada hubiera cambiado.
Antes... Antes de todo aquello, probablemente me habría derretido entre sus brazos como una niña enamorada.
Habría cerrado los ojos, habría apoyado la cabeza contra él y habría agradecido que me buscara.
Pero ahora no. Ahora solo podía pensar en ella.
En Constanza. En que él había estado con ella.
La idea me produjo una repulsión inmediata.
Me aparté de golpe.
—¡No!
Salí de la ducha rápidamente y tomé una toalla.
Lisandro me miró confundido.
—¿Qué te pasa?
No respondí. No podía.
Si abría la boca, sabía que terminaría llorando otra vez.

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