POV Evania
Al amanecer, una llamada insistente me despertó.
El teléfono no dejaba de sonar sobre la mesa de noche.
Fruncí el ceño, todavía medio dormida.
A mi lado, los niños comenzaron a moverse.
—¿Mami?
Amy abrió los ojos, asustada por el sonido.
—¿Qué pasa?
Luciano también se incorporó.
—¿Por qué suena tanto?
Me apresuré a tomar el teléfono.
—Tranquilos, mis amores. No pasa nada.
Los dos me miraron con sus caritas adormiladas.
—Sigan acostados.
Tomé el teléfono y salí de la habitación para no despertarlos por completo.
Contesté.
—¿Hola?
—¿Señora Santillán?
La voz al otro lado era masculina.
—Sí.
—Disculpe que la molestemos tan temprano. Estamos llamando por su esposo.
Mi cuerpo se tensó inmediatamente.
—¿Qué pasa con él?
Hubo una breve pausa.
—Señora, el señor Lisandro Santillan se encuentra en el Bar Red.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿En el Bar Red?
—Sí. Está en una de las suites privadas. El problema es que está bastante ebrio.
Cerré los ojos.
—¿Está bien?
—Físicamente parece estar bien, pero ha bebido demasiado. No sabemos si debemos dejarlo allí. Nos proporcionó sus datos de contacto y pensamos que usted podría venir por él.
Miré hacia el pasillo.
Los niños seguían en mi habitación.
—Yo...
No quería ir.
No después de todo lo que había ocurrido la noche anterior.
No después de haber firmado el divorcio.
Pero seguía siendo el padre de mis hijos.
—Sí —respondí finalmente—. Voy para allá.
Colgué. Me quedé unos segundos mirando el teléfono.
¿Por qué se había emborrachado?
¿Por qué estaba tan mal?
Una parte de mí quería ignorarlo.
Otra no podía hacerlo.
Tal vez porque, por más que nuestro matrimonio hubiera terminado, no podía apagar de un día para otro todos los sentimientos que había tenido por él durante años.
Regresé a la habitación.
—Mami, ¿quién era?
—Era alguien que necesitaba ayuda.
No quise decirles que era su padre.
No quería preocuparlos.
Tomé mi teléfono y llamé a la niñera de confianza.
Por suerte, contestó rápidamente.
No tardó demasiado en llegar.
Cuando abrió la puerta, ya tenía todo preparado.
—Necesito que te quedes con los niños.
—Claro, señora.
—Hoy no irán al kínder.
La niñera asintió.
—No se preocupe. Yo me encargo.
Me acerqué a mis hijos y los besé.
—Mamá tiene que salir un momento.
Amy me abrazó.
Sonreí.
—No tardaré.
Salí de casa apresuradamente.
Mientras conducía, no podía dejar de pensar en Lisandro.
¿Qué había pasado con él después de que se fue?
¿Había ido directamente al bar?
¿Había bebido por el divorcio?
¿O había estado con Constanza?
La última pregunta me provocó un dolor extraño.
Sacudí la cabeza.
—No me importa.
Me lo dije a mí misma.
—Ya no debería importarme.
Pero sí me importaba.
Y eso era precisamente lo que más me molestaba.
Pensé que había pasado la noche con ella.
Quizá estaban celebrando.
Después de todo, ya no tenía que fingir ser mi esposo.
Ya era libre.
Apreté el volante.
—No pienses en eso, Evania.
Llegué al Bar Red en menos de quince minutos.
Era uno de los lugares favoritos de Lisandro.
El establecimiento era elegante, exclusivo y contaba con habitaciones privadas para los clientes que habían bebido demasiado o simplemente querían pasar la noche allí.
Estacioné.
Bajé del automóvil y entré rápidamente.
La recepcionista levantó la mirada.
—Buenos días.

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