POV Lisandro
Estaba en ese maldito bar.
Solo.
Había pedido una sala privada para no tener que soportar las miradas de nadie.
No quería amigos. No quería empleados.
No quería a mi familia preguntándome qué había pasado.
Solo quería beber.
Y eso era exactamente lo que estaba haciendo.
Tenía una botella frente a mí y el vaso ya ni siquiera era necesario.
Bebía directamente de ella, como si el alcohol pudiera arrancarme los recuerdos de la cabeza.
Pero no podía.
Por más que bebiera, seguía escuchando su voz.
Quiero el divorcio.
Cerré los ojos con fuerza.
—Maldita sea...
Volví a beber.
La garganta me ardió, pero el dolor físico era mucho más fácil de soportar que lo que sentía dentro.
Evania quería divorciarse De mí.
Después de nuestros hijos.
Después de todo lo que habíamos construido.
Y yo... Yo había cometido el peor error de mi vida.
La había besado.
No sé qué esperaba conseguir con aquel beso.
Quizá quería detenerla.
Quizá quería recordar que alguna vez había sido mía.
Quizá quería demostrarme a mí mismo que todavía existía algo entre nosotros.
Pero ella me respondió con rechazo.
Con asco.
Recordarlo hizo que apretara el vaso con tanta fuerza que pensé que iba a romperlo.
—¿Tanto asco te doy?
No había respondido.
Ni siquiera tuvo que hacerlo.
Su rostro lo había dicho todo.
Aquella expresión... Aquellos ojos.
Como si tocarme hubiera sido algo insoportable.
Sentí una mezcla de rabia y desesperación.
Quería volver hacia ella.
Quería tomarla entre mis brazos, besarla hasta borrar aquella expresión de su rostro.
Quería que volviera a mirarme como antes. Pero no podía.
Porque ella ya había tomado una decisión.
Me iba a dejar.
Apoyé los codos sobre la mesa y hundí el rostro entre mis manos.
—¿Cómo terminamos así?
No obtuve respuesta.
Solo el silencio de aquella habitación.
Pensé en las noches en las que ella se quedaba despierta esperando que yo llegara.
Recordé que, al principio, cuando yo salía y bebía demasiado, ella iba por mí.
Siempre. Aunque estuviera cansada.
Aunque estuviera molesta.
Aunque yo no mereciera que fuera.
Me cuidaba. Me llevaba a casa.
Me quitaba los zapatos. Me daba agua.
Y algunas veces se quedaba sentada junto a mi cama hasta que me dormía.
Bajé la mirada.
Entonces sentí algo caliente deslizarse por mi mejilla.
Pensé que era alcohol.
Me limpié el rostro con la mano.
Estaba mojado. Me quedé inmóvil.
—¿Qué...?
Volví a tocarme la cara.
Entonces comprendí. Estaba llorando. Yo estaba llorando.
Me quedé mirando mis dedos como si fueran de otra persona.
—¿Por ella?
La pregunta salió en un murmullo.
—¿Estoy llorando por Evania?
Solté una risa amarga. Qué ironía.
Había pasado tres años convenciéndome de que aquel matrimonio había sido un accidente.
Un embarazo no planeado. Una obligación.
Algo que simplemente ocurrió y que ambos habíamos intentado sostener por nuestros hijos.

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