POV Evania
—Lo siento mucho. El corazoncito del bebé se detuvo.
Sentí que aquellas palabras atravesaban mi pecho.
La doctora hizo una pausa antes de continuar.
—Vamos a tener que practicar un legrado.
Durante unos segundos me quedé completamente inmóvil, mirando mis propias manos sobre la sábana blanca de la camilla.
Mis dedos temblaban ligeramente, aunque yo intentaba mantenerlos quietos.
Una sola lágrima escapó de mis ojos.
La limpié rápidamente.
No quería llorar.
Pero, sobre todo, no quería aceptar que aquel pequeño ser que apenas comenzaba a existir dentro de mí ya no tenía un corazón latiendo.
—¿Ahora mismo? —pregunté finalmente, con la voz tan baja que casi no me reconocí.
—Ahora mismo. No puede salir del hospital. La placenta se está desprendiendo y existe riesgo de que comience a sangrar más. Tenemos que mantenerla aquí, estabilizarla y realizar el procedimiento lo antes posible.
Asentí lentamente.
Otra lágrima descendió por mi mejilla.
—Entiendo.
No entendía nada.
¿Cómo podía una vida desaparecer en cuestión de horas?
¿Cómo podía pasar de descubrir que estaba embarazada a escuchar que mi bebé ya no tenía latido?
Cerré los ojos un instante.
—Avise a algún familiar —me indicó el médico—. Necesitamos que alguien esté con usted.
Bajé la mirada.
¿A quién iba a llamar?
No tenía a nadie.
O, al menos, no tenía a nadie a quien pudiera contarle aquello.
Pensé en Lisandro. Y mi corazón volvió a romperse.
No.
A él no podía llamarlo.
No podía decirle.
No después de todo lo que había ocurrido entre nosotros.
Solo había una persona a quien podía recurrir.
Mi editora. Carlina.
Tomé mi teléfono con manos temblorosas y marqué su número.
Contestó rápidamente.
—¿Evania?
Intenté hablar con normalidad. No pude.
—Carlina… ¿podrías ayudarme con algo?
Hubo un silencio al otro lado.
Ella conocía mi voz.
Sabía cuándo algo no estaba bien.
—¿Qué ocurrió?
Tragué saliva.
—Estoy en el hospital.
—¿En el hospital? ¿Qué te pasó?
Cerré los ojos. No quería decirlo.
No quería pronunciarlo en voz alta porque hacerlo lo convertiría en una realidad todavía más dolorosa.
—Necesito que vengas.
—Voy para allá.
No hizo más preguntas.
Esa era una de las cosas que más agradecía de Carlina. Nunca necesitaba explicarle demasiado.
***
No había podido ir a la universidad.
Durante años, mi vida había girado alrededor de mis hijos.
Criarlos, atenderlos, asegurarme de que estuvieran bien.
Y también había existido otra razón.
El dinero. No quería tocar el dinero de los Santillán.
No quería depender de esa familia.
No quería que algún día alguien pudiera decirme que mis hijos, mi casa o mi vida existían gracias a ellos.
Así que decidí trabajar con lo único que realmente amaba. Escribir.
Al principio nadie conocía mi nombre.
Escribía novelas web durante horas, muchas veces de madrugada, cuando mis hijos dormían y la casa finalmente quedaba en silencio.

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