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Matrimonio por un embarazo accidental romance Capítulo 28

POV Lisardo

El recuerdo de Evania viéndome en la cama con Constanza me golpeaba.

Su decepción, su dolor, me atravesaron como en el pasado, como cuando ella y yo estuvimos en nuestra primera noche juntos.

No podía escapar de esta pesadilla.

Intenté alcanzarla y no pude.

Me quedé inmóvil durante unos segundos, intentando comprender qué acababa de suceder.

¿Qué hacía ella aquí?

¿Por qué había venido?

Mi cabeza era una tormenta de dudas. Los recuerdos de la noche anterior aparecían fragmentados, desordenados, como fotografías rotas que no conseguía acomodar.

Me llevé una mano a la frente.

Solo llevaba puesta la camisa que había dejado tirada en algún lugar de la habitación, mientras que mis pantalones seguían puestos.

Miré alrededor.

Entonces recordé que Constanza estaba allí.

Volteé hacia ella. Sabía que no habíamos hecho nada, pero aun así la culpa me carcomía.

—¿Qué significa esto, Constanza?

Mi voz sonó más dura de lo que pretendía.

Ella me observó en silencio.

Estaba semidesnuda, cubierta apenas con las sábanas, y al verla así una sensación desagradable se apoderó de mí.

Constanza se levantó lentamente.

—Ayer… me llamaste.

Fruncí el ceño.

—¿Yo te llamé?

—Sí.

Bajó la mirada.

—Estabas muy alterado. Me dijiste que querías verme. Cuando llegué… casi sucedió algo entre nosotros, pero te dije que no podía hacerlo. No sin ser tu esposa.

Di un paso hacia atrás.

Sentí un escalofrío. No recordaba aquello. Nada.

Solo tenía algunos recuerdos borrosos de la noche anterior, el alcohol, las discusiones y la sensación de estar intentando escapar de mis propios pensamientos.

—No recuerdo nada.

Constanza me miró.

—Estabas ebrio.

Cerré los ojos.

Maldición.

¿Cómo podía haber llegado hasta ese punto?

¿Cómo podía haber perdido tanto el control?

No sabía qué había hecho.

Y ahora Evania me había visto allí.

Eso era lo único que podía pensar.

—¿Por qué Evania estaba aquí? —pregunté. Mi voz volvió a endurecerse—. ¿La llamaste?

Constanza abrió mucho los ojos.

—¿Crees que hice eso?

—No estoy preguntando eso. Estoy preguntando si la llamaste.

Ella negó con la cabeza.

—No.

Una lágrima apareció en sus ojos.

—Yo jamás haría algo así.

No respondí.

—¿Me crees capaz de algo tan cruel? —continuó, con la voz quebrada—. Yo no hice nada, Lisandro. Quizá Evania te estaba buscando. Quizá vino por su propia voluntad.

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