POV Evania
—¿Dice que… alguien quiso matarme?
Mi voz tembló.
Por un instante pensé que había escuchado mal.
El detective Mírez asintió con seriedad.
—Así es, señora Monterrosa.
Me quedé completamente perpleja.
Miré al detective y después a Lisandro.
Ninguno de los dos decía nada.
Sentí que el corazón comenzaba a latirme con fuerza.
—No entiendo.
Solté una pequeña risa nerviosa.
—¿Por qué querrían matarme?
El detective no sonrió.
—Eso es precisamente lo que estamos intentando descubrir.
Tragué saliva.
—Señora Monterrosa, ¿tiene algún enemigo? ¿Alguien que pueda querer verla muerta?
Mis ojos se abrieron.
Por unos segundos no pude responder.
Después bajé la mirada y negué con la cabeza.
—No.
—Piénselo bien.
—¡Es imposible! Yo no tengo…
Me quedé callada.
Una persona apareció en mi mente.
No quería pensar en ella.
De verdad que no. Pero fue inevitable.
Constanza. Su rostro apareció frente a mí. Sus discusiones conmigo.
La forma en que me había mirado durante años.
La forma en que ambas habíamos terminado enfrentadas por Lisandro.
Pero no. Eso era imposible.
¿Verdad?
Habíamos peleado por un hombre.
Por un pasado que nos había hecho daño.
Por decisiones que ninguna de las dos podía cambiar.
Pero…
¿Matar o morir?
Eso era completamente diferente.
Era absurdo.
Constanza podía odiarme.
Podía estar resentida conmigo.
Podía desear que desapareciera de su vida. Pero ordenar mi muerte… No.
No podía creer que fuera capaz de algo así.
—No tengo enemigos —dije finalmente.
El detective me observó durante unos segundos.
—No estoy tan seguro.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Porque alguien pagó mucho dinero para que usted muriera.
Sentí un escalofrío.
—¿Cuánto?
El detective abrió su carpeta.
—Cien mil euros.
Sentí que se me helaba la sangre.
—¿Cien mil…?
Asintió.
—El hombre que intentó atacarla confesó que recibió esa cantidad de dinero.
Lisandro se quedó inmóvil.
Yo apenas podía respirar.
—¿Quién se lo dio?
—No lo sabe. La persona que lo contrató utilizó una máscara. El atacante nunca pudo verle el rostro.
El detective continuó.
—Solo le entregaron una fotografía suya y le indicaron dónde encontrarla.
Mis manos comenzaron a temblar.
Una fotografía. Alguien tenía una fotografía mía.
Alguien había estudiado mis movimientos. Alguien sabía dónde encontrarme.
Y había pagado cien mil euros para que alguien me disparara.
Miré hacia la ventana.
De repente, ya nada parecía seguro.
Cualquier persona podía estar afuera.
Cualquier desconocido podía estar observándome.
—¿Tiene a alguien en mente? —preguntó el detective.
Lo miré. No quería responder.
Pero finalmente lo hice.
—No…
Mi voz apenas salió.
—La única persona que podría odiarme por el pasado es…
Hice una pausa.
—Mi prima, Constanza.
Vi cómo los ojos de Lisandro se oscurecieron.
—¡Evania!
Su voz sonó llena de indignación.
—¿Cómo puedes acusar a una mujer inocente?
Lo miré.
—No la estoy acusando. Solo estoy respondiendo la pregunta.
—¡Pero estás hablando de Constanza!
El detective observó a Lisandro.
Parecía darse cuenta de que su presencia estaba dificultando el interrogatorio.
—Señor, necesito hablar a solas con la señora Monterrosa.
Lisandro apretó la mandíbula.
—Pero…
—Por favor, salga.
Lisandro me miró. Sus ojos estaban llenos de enojo.
Finalmente salió de la habitación.
La puerta se cerró.
El detective volvió su atención hacia mí.
—Señora, necesito que sea sincera conmigo.
Asentí.
—No omita nada. Incluso algo que parezca insignificante puede ayudarnos.
Respiré profundamente.
—No creo que ella sea capaz de algo así.
—Pero acaba de mencionarla.
—Porque preguntó quién podría odiarme.
El detective esperó.
—Constanza y yo tenemos problemas desde hace tiempo.
—¿Qué clase de problemas?
Me quedé en silencio. Era difícil decirlo en voz alta.
—Es por el pasado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Matrimonio por un embarazo accidental