POV Evania
Sentí sus labios sobre los míos.
Y por un instante, todo lo demás desapareció.
El ruido de la habitación, el dolor de mi cuerpo, las discusiones, los recuerdos... todo quedó muy lejos.
Solo existía aquel beso.
Cerré los ojos durante un segundo.
Tonto corazón.
¿Por qué sigues latiendo por alguien que no te ama?
¿Por qué sigues reaccionando ante sus caricias como si todavía existiera alguna posibilidad para nosotros?
No debería haber sentido nada.
Después de todo lo que había ocurrido, debería haber sido capaz de apartarme inmediatamente.
Pero no lo hice.
Sentí la calidez de sus labios y aquella familiaridad que me dolía más que cualquier herida.
Porque conocía ese beso.
Había esperado ese beso.
Había soñado con él demasiadas veces.
Y precisamente por eso sabía que era peligroso.
¿Por qué era tan dulce?
¿Por qué podía ser tan suave y, al mismo tiempo, tan apasionado?
¿Por qué Lisandro conseguía hacerme sentir que todavía había algo entre nosotros cuando, en realidad, su corazón pertenecía a otra mujer?
Por un instante, una pequeña esperanza apareció dentro de mí.
Tal vez… No.
Abrí los ojos. No podía volver a caer. No después de todo lo que había sufrido.
Giré el rostro y lo rechacé.
—¡No vuelvas a besarme!
Mi voz salió más temblorosa de lo que quería.
Lisandro se quedó inmóvil.
Sus ojos permanecieron sobre mí.
No parecía enojado. Parecía confundido.
Como si estuviera intentando encontrar una respuesta en mi rostro.
Pero yo ya no quería darle ninguna.
—Evania...
—No.
Negué con la cabeza.
—No vuelvas a hacer esto.
—Solo quería...
—¿Qué querías?
Lo miré directamente.
—¿Hacerme creer otra vez te importo?
Lisandro guardó silencio.
Y ese silencio fue suficiente.
Mi corazón volvió a doler.
Entonces escuché un ruido detrás de nosotros.
Giré la cabeza.
Mi respiración se detuvo.
Mi madre estaba en la puerta.
Irene nos observaba con una expresión de absoluta desaprobación.
—¿Qué significa esto, Lisandro?
Lisandro ni siquiera apartó la mirada de mí.
Aquello me sorprendió.
Mi madre había entrado como si tuviera derecho a exigirle explicaciones, pero él no pareció dispuesto a responderle.
—No se meta, Irene. Por favor.
Mi madre frunció el ceño.
—Estoy hablando contigo.

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