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Matrimonio por un embarazo accidental romance Capítulo 54

POV Evania

Apenas pude cubrirme.

Tomé la toalla con desesperación y la apreté contra mi cuerpo, intentando ocultarme de aquel hombre que, hasta hacía unos días, había sido mi esposo.

—¡Lárgate, Lisandro! —exclamé, sintiendo que el rostro me ardía—. ¿Qué demonios haces aquí?

Él permaneció frente a mí con una expresión seria.

—Solo quiero ayudarte.

—No te necesito.

Intenté dar un paso hacia atrás, pero el movimiento me provocó un dolor tan intenso que tuve que apoyarme contra la pared.

Lisandro lo vio.

Sus ojos cambiaron inmediatamente.

—Evania...

—¡No!

—Te estás haciendo daño.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Qué te agradezca que estés aquí?

Él negó con la cabeza.

—No quiero que me agradezcas nada.

—Entonces vete.

—No puedo.

Lo miré con incredulidad.

—¿Por qué?

—Porque apenas puedes mantenerte de pie.

Apreté los dientes.

—Puedo hacerlo.

—No.

Su voz fue tranquila, pero firme.

—No puedes.

Quise discutir. Quise gritarle.

Quise decirle que no tenía ningún derecho a estar allí.

Pero entonces intenté moverme nuevamente y una punzada atravesó mi cuerpo.

Solté un pequeño gemido.

Lisandro se acercó inmediatamente.

—¿Lo ves? —murmuró—. Déjame ayudarte.

—No...

Pero ya estaba frente a mí.

Yo retrocedí cuanto pude. No quería que me tocara. No quería que me viera vulnerable.

No quería que descubriera que, detrás de toda mi rabia, había una mujer completamente agotada que no sabía cómo seguir adelante.

Sin embargo, él tomó la esponja.

Sentí que la vergüenza me golpeaba con más fuerza que el dolor.

—Lisandro...

—No voy a hacerte daño.

No respondí.

Él comenzó a lavarme con cuidado, quitó la toalla.

Yo giré el rostro.

No quería mirarlo.

No quería encontrarme con sus ojos.

Mucho menos quería que él viera los míos llenarse de lágrimas.

Pero una lágrima escapó de todas formas.

La limpié rápidamente con el dorso de mi mano.

Por suerte, no la vio.

O eso quise creer.

Sentí sus manos pasar con cuidado por mis brazos, mis hombros y mi espalda.

Cada movimiento me recordaba lo dependiente que estaba de él en ese momento.

Y eso me humillaba.

Yo no necesitaba a Lisandro.

Nunca había querido necesitarlo.

Pero aquella era la realidad. Estaba herida. Estaba débil.

Y no tenía a nadie.

Cuando comenzó a lavar mi cabello, cerré los ojos.

Una parte de mí quería apartarlo.

Otra simplemente se rindió al cansancio.

El agua caliente caía sobre mi rostro mientras él limpiaba lentamente mi cabello.

Y entonces pensé algo que me dolió mucho más que cualquier herida.

Realmente estaba sola.

Mi madre amaba a Constanza más que a mí. Mi hermano solo fingía quererme cuando le convenía.

Y Lisandro...

Lisandro estaba allí porque sentía lástima por mí.

Eso era todo. No había amor.

No había una familia esperando por mí.

Solo tenía a mis hijos. Mis pequeños. Y ellos dependían de mí. Yo era su madre.

Yo tenía que mantenerme de pie por ellos, aunque por dentro estuviera completamente rota.

Cuando Lisandro llegó hasta mi herida, mi cuerpo se tensó.

—Va a doler un poco —advirtió.

—Hazlo.

Sus manos fueron extremadamente cuidadosas.

Aun así, el dolor me hizo apretar los labios con fuerza.

Mis dedos se cerraron alrededor de la toalla.

—¿Duele mucho?

—No.

Mentí. Dolía muchísimo.

Pero no quería darle esa satisfacción.

Él terminó de limpiarla y se aseguró de no lastimarme más.

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