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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 148

Renato caminó hacia la entrada del lugar. Su voz grave sonó clara y firme.

—Vamos a ver a alguien.

¿A quién?

Y más importante aún, ¿qué tenía que ver ella con eso?

¿Para qué la llevaba a una reunión de negocios?

Al ver que él ya había entrado, se apresuró a seguirlo. El mesero se dirigió a Renato con mucho respeto.

—Presidente Jiménez, Don Emilio lo espera arriba.

Renato asintió levemente. En la escalera, se quitó los zapatos y se puso unas sandalias de descanso que el lugar ofrecía a los clientes. Magdalena hizo lo mismo y lo siguió al segundo piso.

En una sala privada de estilo clásico, el aire estaba impregnado de aromas de hierbas. Detrás de un biombo bordado, se escucharon un par de toses suaves.

Magdalena caminó detrás de Renato hasta rodear el biombo. Allí estaba sentado un hombre mayor, de cabello canoso y piel arrugada, pero que lucía bastante fuerte.

Frente al anciano había una mesa, sobre la cual descansaba un juego de recipientes especiales, con el agua hirviendo y emitiendo volutas de vapor.

A un lado estaba de pie una mujer con un traje de gala y un emblema del lugar en el pecho; era una de las anfitrionas.

Renato dejó de lado su habitual actitud fría y habló con un tono respetuoso.

—Don Emilio.

El anciano, sin levantar la vista, señaló un reloj antiguo colgado en la pared. Su voz fue severa.

—Llegas dos minutos tarde.

Magdalena abrió los ojos de par en par. Este señor era tan estricto como Don Jonás Sarmiento, quejándose por apenas dos minutos.

Renato se sentó frente a él y respondió con calma.

—Su sentido de la puntualidad sigue siendo admirable, Don Emilio.

Don Emilio resopló.

Magdalena lo miró, totalmente confundida.

Don Emilio clavó sus agudos ojos en ella. Su mirada era tan penetrante que Magdalena sintió un escalofrío; a duras penas podía mantenerse quieta.

¿Qué estaba tramando Renato?

Ella lo miró interrogante, pero él apenas le devolvió una mirada rápida y volvió a ignorarla.

—¿Ella? —El tono de Don Emilio estaba cargado de duda.

Renato sonrió levemente. Levantó la taza de la mesa y la agitó un poco, con expresión de desagrado.

—Las habilidades de la anfitriona necesitan mejorar. Magdalena, prepárale a Don Emilio la infusión Geisha para que la pruebe.

Al escuchar su nombre, Magdalena se quedó atónita. Viendo que ambos la observaban, respiró profundo y dijo:

—Necesito lavarme las manos y encender incienso primero.

Su posición en la familia Sarmiento era muy baja. En el pasado, para tratar de ganarse el favor de su abuelo, Beatriz la había obligado a aprender el arte de preparar infusiones tradicionales a la perfección.

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