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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 346

Renato no estaba trabajando; se encontraba de pie junto a la ventana, sumido en sus pensamientos. Al escuchar la puerta abrirse, giró la cabeza para mirarla.

Al ver su rostro, que estaba tan impasible que no revelaba ni la más mínima emoción, Magdalena detuvo sus pasos. Se había dado cuenta de que, durante los últimos dos días, él parecía estar de muy mal humor.

—La señora Jiménez llamó para decir que debemos ir a verlos este fin de semana —le informó con voz suave.

Renato no respondió. Tras la cena se había quitado el saco y ahora llevaba un suéter de punto fino sobre una camisa, combinado con unos pantalones casuales color arena. Esa vestimenta le daba un aire elegante pero relajado, haciéndolo parecer mucho más accesible que cuando llevaba sus impecables trajes de negocios.

Su silencio no hizo más que alimentar las dudas de Magdalena.

—No quieres llevarme a la casa de tu familia, ¿verdad?

Susana le acababa de decir por teléfono que Renato rechazaba sus llamadas o inventaba excusas para no ir. Magdalena no encontraba ninguna justificación convincente para engañarse a sí misma.

Ante la mirada llena de incertidumbre de su esposa, los ojos de Renato se oscurecieron con una gélida melancolía. Caminó hacia su escritorio, abrió uno de los cajones laterales y sacó una pequeña caja de terciopelo negro.

—Lo tengo preparado desde hace una semana. La pregunta es: ¿lo vas a aceptar?

Esa noche tenía la intención de dárselo, pero después de estar un buen rato entre caricias y besos, se le había olvidado por completo. Luego, con todos los problemas que habían surgido en los últimos días, no había encontrado el momento adecuado.

Al ver la caja en sus manos, Magdalena supo de inmediato de qué se trataba. Entonces... él sí tenía planeado llevarla a conocer a sus padres.

Los ojos oscuros de Renato parecían un pozo sin fondo, carentes de cualquier emoción mientras la observaba en silencio.

—El malentendido que tenías con Lázaro ya se aclaró, ¿así que, vas a aceptar este anillo?

Ella lo miró, estupefacta.

—Lo sabes todo.

—¿Que Lázaro renunció a su propia felicidad y se casó con tu hermana solo por protegerte? —Renato bajó la mirada hacia el estuche en sus manos y, tras unos segundos, volvió a mirarla con una expresión fría e impenetrable—. No, mejor dicho, que nunca estuvieron realmente casados y que solo compartieron el mismo techo durante tres años.

Se deslizó el anillo en el dedo anular. Le quedaba perfecto, y la joya hacía que sus dedos delgados parecieran aún más pálidos y delicados. Bajo la luz de la lámpara, la piedra destellaba con un brillo fragmentado y cautivador.

No se lo quitó. En su lugar, habló con voz tranquila:

—Mañana te esperaré en casa. Cuando salgas del trabajo podemos ir juntos a comprar los regalos para tus padres. Si no tienes tiempo, dime qué les gusta y yo me encargaré de comprarlos sola.

Renato la miró, completamente perplejo, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar. Había estado convencido de que, con una sola palabra o incluso una mirada de Lázaro, ella correría de vuelta a sus brazos.

Durante esos dos días había estado esperando el momento en que ella le pidiera el divorcio. Y sin embargo... allí estaba, frente a él, poniéndose el anillo de bodas en su propio dedo.

Magdalena ignoró el asombro en sus ojos y lo miró con calma y dulzura.

—¿Tienes tiempo mañana?

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