Magdalena salió del probador. De reojo, Renato notó el ruedo verde lago y al levantar la mirada, un destello cruzó sus ojos usualmente inmutables.
Era un vestido asimétrico, corto por delante hasta las rodillas y largo por detrás hasta los tobillos. Su piel de porcelana resaltaba maravillosamente con el verde, y el escote a un hombro dejaba al descubierto su delicada clavícula.
Se había soltado la coleta, permitiendo que su cabello cayera en cascada, brillante y sedoso. La clavícula asomaba entre los mechones, dándole un aire coqueto y sumamente cautivador.
Renato entrecerró levemente los ojos, dejó la revista a un lado y se puso de pie.
—Nada mal. Nos llevamos este.
Mientras hablaba, sacó una tarjeta de su billetera. Al ver que era una exclusiva tarjeta negra, la dependienta abrió los ojos de par en par, la tomó con una enorme sonrisa y la pasó por la terminal sin siquiera requerir una contraseña.
Tras cobrar, la empleada se la devolvió con total servilismo.
—Señor, hoy nos llegó la nueva colección, ¿desea ver otras prendas? Son de la última temporada.
Ignorándola por completo, Renato tomó la tarjeta, la guardó en su billetera y miró a Magdalena.
—Vámonos.
Sin esperar respuesta, comenzó a caminar hacia la salida. Magdalena lo siguió; vistos desde atrás, formaban una pareja que lucía en perfecta armonía.
Apenas salieron del centro comercial, se escuchó a la dependienta exclamar emocionada:
—¡Ya lo recordé! Lo he visto en la televisión, es el presidente de Grupo Centauro...
—¡Es cierto, creo que sí! Yo también lo he visto en las noticias.
Con ese recordatorio, las demás también se percataron de haber visto a aquel apuesto hombre en la televisión. Además de la emoción, sintieron un gran remordimiento.
El remordimiento de no haberlo reconocido mientras estuvo allí; de lo contrario, se habrían deleitado mirándolo un poco más.
...
—¿En serio planea... que lo acompañe como su pareja esta noche?
Él mantuvo el brazo flexionado y, al notar su vacilación, frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué tiene eso de raro?
Tras dudar un momento, deslizó la mano por su brazo, se aferró a él y lo acompañó al interior del salón.
Renato era como un faro luminoso; sin importar a dónde fuera, siempre atraía las miradas, y más aún ahora que no había llegado solo.
Fátima Sarmiento estaba tomada del brazo de Lázaro Guzmán. Ambos sostenían copas de champán mientras conversaban con el jefe de una empresa. Al escuchar el revuelo en la entrada, miraron en esa dirección y sus rostros se llenaron de conmoción al ver entrar juntos a Magdalena y Renato.
El presidente Valdés, anfitrión del evento, se apresuró a recibirlos. Al percatarse de que Renato iba acompañado, bromeó, visiblemente asombrado:
—Presidente Jiménez, hoy sí que va a llover de abajo hacia arriba.

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