Un mesero se acercó con bebidas, y tanto Renato como Magdalena tomaron una copa. Con sus serenos y oscuros ojos, Renato respondió sin inmutarse:
—El señor Valdés es muy bromista. Es de noche, no hay sol por ningún lado.
El presidente Valdés evaluó a Magdalena de reojo y sonrió.
—Presidente Jiménez, ¿no nos va a presentar? ¿Quién es la bella mujer que lo acompaña?
Renato contestó con toda naturalidad:
—Mi acompañante esta noche, Magdalena Sarmiento.
La gente del mundo de los negocios siempre tiene la mente ágil, y el presidente Valdés no era la excepción. Mientras especulaba mentalmente sobre la relación de ambos, saludó a Magdalena con suma cordialidad.
—Señorita Sarmiento, el presidente Jiménez nunca asiste a estos eventos con pareja. Usted es la primera. Debería sentirse afortunada de contar con su aprecio.
Magdalena, quien se había soltado del brazo de Renato apenas entraron al salón, sostuvo su copa con una mano y sonrió.
—Es un gran honor para mí.
Al ser la primera vez que Renato asistía acompañado, lógicamente causó un gran revuelo.
Él lucía impecable en su traje; ella se veía tranquila y elegante. Eran una pareja atractiva, robando miradas y luciendo increíblemente compatibles.
Casi todos los ojos de la sala estaban clavados en ellos. Había miradas de incredulidad, de asombro, de celos y envidia, mientras todos intentaban adivinar qué tipo de relación tenían.
Al escuchar los murmullos a su alrededor, Lázaro Guzmán apretó con tanta fuerza su copa que sus nudillos se volvieron blancos, y las venas de su mano resaltaron.
Fátima Sarmiento giró la cabeza para mirarlo. Estaba tan asombrada que le costaba hablar con fluidez.
—Magdalena... ¿Cómo es que ella...? ¿Qué relación tiene con Renato Jiménez?
Lázaro observó a la pareja a la distancia, a través de la multitud. Sus ojos oscuros parecían envueltos en una densa niebla, ocultando por completo lo que sentía.
—Señorita Sarmiento, ¿son jefe y empleada, o son pareja?
—Hoy soy su acompañante —respondió ella. Aquel parloteo incesante comenzaba a irritarla, pero se armó de paciencia y no dejó de mostrar una sonrisa cortés.
Al no obtener el chisme que querían, se decepcionaron, pero no faltó quien intentara sacarle más información.
Ella dio un pequeño sorbo a su bebida y se dirigió al grupo:
—Discúlpenme un momento.
Dejó la copa en la bandeja de un mesero que pasaba, atravesó a la multitud y salió al jardín para tomar aire fresco.
El cielo parecía un lienzo oscuro donde las estrellas brillaban como diamantes, bañando la tranquila noche con un resplandor suave y hermoso.
Ella no solía sentirse cómoda en lugares tan ruidosos; todo ese bullicio le aturdía los oídos. Caminó por el silencioso sendero, mientras las tenues y amarillentas luces de las farolas alargaban su sombra.

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