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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 156

Seguramente debido a su mal humor, Magdalena bebió de más. Al finalizar la fiesta, ya estaba algo pasada de copas.

Renato la llevó abrazada a la salida del hotel. A sus espaldas sonaron unos pasos apresurados; era Lázaro, quien los alcanzó rápidamente y les cortó el paso.

—Presidente Jiménez, Magdalena bebió demasiado. Déjemela a mí, Fátima y yo la llevaremos a casa.

Renato bajó la mirada hacia la mujer que sostenía en sus brazos. Sus mejillas estaban rojas, pero no estaba completamente perdida. Al escuchar la voz de Lázaro, sus pestañas temblaron, como si intentara reprimir una emoción.

Él alzó la vista y dijo con tono enigmático:

—Me parece que a la última persona que ella quiere ver en este momento es a ti.

Fátima Sarmiento alcanzó a oír esa frase justo cuando llegaba y, manteniendo una sonrisa, dijo:

—Presidente Jiménez, yo acompañaré a Magdalena...

Antes de que pudiera terminar, Renato giró la cabeza para mirarla, y con una voz desapasionada, como si dictara una condena, agregó:

—Tú también estás en esa lista.

Fátima se quedó muda.

Pasando la mirada por los dos, Renato continuó bajando los escalones, sosteniendo a Magdalena por la cintura. El asistente Camilo ya los esperaba en el auto y bajó a abrirles la puerta.

Tras ayudar a Magdalena a subir, Renato se inclinó para entrar. Cuando apenas había puesto un pie dentro, la voz amenazante de Lázaro resonó detrás de él.

—Renato, no te atrevas a ponerle un dedo encima.

Renato se apoyó en la puerta y se volvió hacia él. Sus afilados ojos tenían un brillo glacial, y la sonrisa irónica en sus labios era inconfundible.

—Presidente Guzmán, me parece que usted es quien ha bebido de más.

Era el primero que se atrevía a desafiarlo de esa manera.

¿Que no se atreviera a tocarla?

Ja, ya lo había hecho.

Subió al coche; Camilo cerró la puerta, se sentó frente al volante y arrancó de inmediato.

Lázaro vio cómo el vehículo se alejaba a toda velocidad, apretando los puños con fuerza a sus costados. Sus oscuros ojos desprendían una frialdad aterradora.

Renato observó sus hombros que temblaban levemente, con una expresión seria e indescifrable. Metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacó un pequeño paquete de pañuelos y le ofreció uno.

Ella vio de reojo la mano frente a sí. Se volvió para mirarlo y sonrió con sarcasmo.

—¿Desde cuándo el presidente Jiménez sabe hacerse el compasivo?

Renato frunció el ceño.

—¿Las mujeres siempre se vuelven tan irracionales cuando se enojan?

La sonrisa en sus labios se hizo más pronunciada, pero sus ojos echaban chispas.

—Tú sabes perfectamente por qué me trajiste hoy aquí.

Renato guardó silencio, apretando los labios. En efecto, la había llevado esa noche para confirmar sus sospechas y, tal como intuía, la relación entre ella y Lázaro no era nada sencilla.

Una sonrisa gélida apareció en su rostro.

—¿Y para qué iba a ser? ¿No fuiste tú la que insistió en recibir un regalo de agradecimiento? ¿Qué, no te gustó?

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