El aroma del perfume de Lázaro la sacó de su trance, y Magdalena lo apartó de un empujón.
Como su reacción fue tan violenta e inesperada, él retrocedió tropezando un par de pasos. Al recuperar el equilibrio, la miró con tristeza.
—Magda...
—¡No me llames así! —gritó, su voz afilada cortó el silencio de la noche. Lo fulminó con una mirada fría y le soltó palabras amargas—. Ya no tienes derecho a hacerlo.
Los ojos de él perdieron su brillo y su voz se volvió muy áspera, como si reprimiera algo intenso.
—Nunca imaginé que llegarías a odiarme.
Ella lo había amado durante tantos años, y él se casó con su hermana sin darle una sola explicación. Aquel dolor desgarrador volvía a su memoria, vivo como si hubiera ocurrido ayer.
Una sonrisa gélida se dibujó en sus labios, y en su mirada parecía haber caído una capa de hielo.
—¿Acaso no tengo motivos?
Sus palabras fueron como un cuchillo que se hundía sin piedad en el pecho del hombre. El dolor le cortó la respiración, y aunque sus labios se movieron un poco, no logró emitir sonido alguno.
Una sombra cubrió la oscura mirada de Lázaro; sus finos labios estaban pálidos. Su tono suave llevaba ahora un temblor casi imperceptible.
—Recuerda lo que te acabo de decir. No te enamores de él, no te enamores de nadie.
Él podía casarse con su hermana, ¿pero a ella no le permitía fijarse en nadie más? ¿Qué clase de lógica torcida era esa?
Magdalena soltó una carcajada sarcástica.
—De quién me enamore es asunto mío, no tiene nada que ver contigo.
Esa respuesta lo hizo enfurecer de nuevo; sus ojos ardían de coraje.
—¡Magdalena Sarmiento!
—Sí, alguna vez estuvimos juntos, pero ahora estás casado. Al prohibirme querer a alguien más, ¿esperas que me quede sola el resto de mi vida? —le dirigió una sonrisa cargada de ironía y su mirada se volvió tan sombría como la noche misma—. Lázaro, eres un egoísta.
El corazón de Lázaro sintió una punzada brutal. Con los labios pálidos, la miró intensamente una última vez antes de dar media vuelta y marcharse en silencio.

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