Pero todo eso no fue más que una vana ilusión.
Durante sus primeros días en California, pasó cada día y cada noche esperando que él apareciera de repente y le dijera: "Magda, volvamos a estar juntos".
Sin embargo, él no solo no fue a verla, sino que ni siquiera le envió un mensaje. Poco a poco, ella tuvo que aceptar la dura realidad: él de verdad la había desechado para casarse con su propia hermana, Fátima Sarmiento.
...
El auto de lujo, que se había alejado a toda prisa, regresó por el mismo camino. A través de la ventanilla, Renato observó aquella figura triste y solitaria. Sus finos labios formaban una línea recta, y sus ojos oscuros y profundos mantenían una inquietante calma.
Camilo seguía sus reacciones por el retrovisor, incapaz de entender por qué le había ordenado regresar tan repentinamente.
Renato miraba a la mujer en silencio. Sus ojos no revelaban ninguna emoción; era imposible adivinar lo que pasaba por su mente.
Pasaron unos cinco o seis minutos antes de que abriera la puerta y caminara hacia ella a paso firme. Se detuvo frente a ella, observándola sin pronunciar palabra.
Un par de impecables zapatos de cuero de diseño exclusivo aparecieron en su campo de visión. Magdalena levantó la cabeza; sus ojos estaban un poco hinchados de tanto llorar. Lo miró con sorpresa y, con la voz áspera y quebrada, le preguntó:
—¿Tú...? ¿Cómo es que regresaste?
Él extendió la mano y acarició su mejilla, limpiándole una lágrima con el pulgar. El calor y la suavidad de su tacto rozaron su corazón como una pluma, provocándole un escalofrío en el pecho.
En las profundas pupilas del hombre se reflejó el rostro tierno y lloroso de la mujer. Con un tono sereno, le dijo:
—Es tarde. Hay que ir a casa.
Ella levantó un poco la cara para mirarlo. Sus ojos estaban rojos, y un mechón de cabello revuelto por el viento le cubría parcialmente la vista. Con los labios secos y pálidos, apenas logró murmurar:
—No quiero ir a mi casa...
En aquel entonces, tanto la familia Sarmiento como la familia Guzmán sabían que ella y Lázaro estaban saliendo, y aun así, todos aprobaron su matrimonio con Fátima. Nadie, a excepción de Beatriz, intentó impedirlo.
La oposición de Beatriz no sirvió de nada; la boda se llevó a cabo de todas formas. Ella fue la última en enterarse.
Si tan solo Octavio Sarmiento hubiera pensado en ella, si no hubiera aprobado ese enlace o si hubiera dejado que Lázaro se casara con ella, hoy no estaría sufriendo tanto.


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