—Gracias.
Esa noche ya había repetido esa palabra demasiadas veces.
Renato se dio media vuelta para salir, pero justo al poner la mano en la manija, se detuvo y la miró.
—Le pediré a Wendy que llame a tu casa, así que duerme tranquila.
El "gracias" que estaba a punto de soltar quedó ahogado por el sonido de la puerta al cerrarse. Ella soltó una risa apagada; esa noche había estado demasiado melodramática.
Una vez que él se fue, se acercó a la ventana y corrió las cortinas. Bahía del Sur era una zona de residencias privadas; en lugar de un mar de luces citadinas, la vista mostraba un hermoso jardín rodeado de césped.
Se quedó frente a la ventana dejando que la brisa la acariciara y su mente nublada se fue aclarando. Al ver que ya era de madrugada, entró al baño para darse una ducha.
Al salir, se secó el cabello y se metió a la cama. Quizás por todo lo que había pasado en la noche, o por estar en una cama extraña, no lograba conciliar el sueño. Así que abrió la puerta y salió de la habitación.
Olga ya se había acostado. La luz de la luna se filtraba a través de los grandes ventanales del comedor, dibujando sombras plateadas en la inmensa sala.
Bajó las escaleras a tientas. En la esquina de la sala había una elegante barra llena de licores de diversas cosechas, cada botella con un precio exorbitante.
Eligió un vino tinto francés del 82, agarró una copa y se sirvió un trago, disfrutándolo en soledad.
Renato tampoco llevaba mucho tiempo acostado y sintió la boca seca. Con su bata de baño puesta, bajó las escaleras, llenó un vaso de agua y se dispuso a volver a su cuarto.
Tras dar unos pasos, notó algo extraño; había un fuerte aroma a licor en el ambiente. Al voltear, descubrió a la mujer recostada en el sofá, con la cabeza apoyada en el reposabrazos. Solo alcanzaba a ver su espesa cabellera cayendo en cascada.
—Aunque no puedas dormir, regresa a la cama. Mañana tienes que ir a trabajar.
Con el alcohol subiéndosele a la cabeza y un fuerte dolor latiéndole en las sienes, ella se apoyó en el sofá y, tras varios intentos, logró ponerse en pie. Su aliento delataba el aroma a vino.
—Cierto... mañana... tengo que trabajar... tengo que ir a la oficina...
Dio un paso tambaleándose, y al segundo sus piernas le fallaron. Renato estiró las manos para sostenerla, pero ella tropezó con una esquina de la mesita y, por inercia, se desplomó contra él, cayendo ambos sobre el sofá. Por suerte, él alcanzó a apoyarse a un lado, evitando aplastarla con todo su peso.
Acostada en el sofá, con las mejillas encendidas por el alcohol, sus ojos parecían capaces de robarle el alma a cualquiera. Una sonrisa sutil e hipnótica adornaba la comisura de sus labios.
El suave aliento a vino que ella exhalaba invadió los sentidos del hombre, metiéndose en sus venas y haciendo que le hirviera la sangre.

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