La tenue luz de la mañana se filtraba por las rendijas de las cortinas. La mujer en la habitación dormía profundamente, con las batas de baño tiradas en desorden por el suelo.
Una serie de golpes en la puerta resonó en el ambiente. Magdalena Sarmiento se sentó, sosteniéndose la cabeza adolorida. Lo primero que captó su vista fue un entorno desconocido; el dolor muscular que recorría su cuerpo hizo que su conciencia nublada se aclarara gradualmente.
Los golpes continuaron. Ella tiró de las sábanas para ocultar las marcas en su piel y alzó la voz:
—Adelante.
Olga entró y, al ver las dos batas tiradas en el suelo, no pudo ocultar su sorpresa. Luego, dejó la ropa que llevaba en un pequeño taburete cercano:
—Señorita Sarmiento, ya es tarde. Es hora de levantarse.
Ella se frotó las sienes:
—Gracias.
Cuando Olga salió, Magdalena tomó las prendas del taburete. Además de su ropa de trabajo, había un conjunto nuevo de ropa interior, exactamente de su talla.
Una vez vestida, bajó las escaleras. Renato Jiménez estaba desayunando en el comedor. La luz matutina entraba por los ventanales de cristal, bañándolo con un suave resplandor. Sus facciones frías y perfectas parecían sacadas de un cuadro.
Al verla bajar, Olga sacó el desayuno de la cocina:
—Señorita Sarmiento, su desayuno.
Ella se sentó frente a Renato. El hombre ya había terminado de comer y leía el periódico con una postura elegante, sus dedos de nudillos marcados lucían ligeramente translúcidos bajo la luz de la mañana.
No recordaba mucho de la noche anterior. Solo sabía que la pasión desbordante había sido real, al igual que los jadeos pesados de él cerca de su oído.
Mientras estaba perdida en sus pensamientos, Renato levantó la vista. Al notar que miraba fijamente el plato sin comer, preguntó:
—¿No es de tu agrado?
Ella reaccionó de inmediato y tomó un sorbo de leche:
—No es eso, es solo que anoche tomé de más y me duele un poco la cabeza.

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