Como no había batas de mujer en la casa, la que llevaba puesta era de él, por lo que le quedaba muy holgada y se deslizó dejando sus hombros al descubierto.
Magdalena levantó un brazo para rodearle el cuello. Su risa suave y cristalina cargaba el ambiente de tensión y resonaba seductoramente junto a su oído.
Él la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo a los ojos. Su voz salió ronca y envuelta en deseo:
—¿Sabes quién soy?
—Presi... Presidente Jiménez... —murmuró, pronunciando su título a medias. Su voz, suave y ligera como una pluma, acarició su pecho sin avisar.
Las pupilas de él se dilataron. Incapaz de seguir pensando, acercó el rostro y la besó.
Después de un rato, hundió la cara en el cuello de ella, jadeando por un momento, y luego levantó la vista para observarla.
Su mirada profunda se tornó aún más oscura y voraz.
—¿Quién soy?
Ella contestó casi en un gemido:
—Rena... Renato Jiménez...
En sus ojos reinaba una oscuridad absoluta cuando volvió a preguntar:
—¿Soy Renato Jiménez o Lázaro Guzmán?
Magdalena no respondió. Se removió un poco por la incomodidad, provocando que la bata se abriera aún más.
Renato le apretó la mandíbula y le exigió con voz áspera:
—¡Respóndeme!

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