Se quedó de pie en el balcón por un rato, disfrutando de la vista, antes de regresar adentro para tomar un baño. Apenas terminó de cambiarse, su celular sonó. Era Renato Jiménez.
—Sube —ordenó su voz grave y distante. Sin esperar a que ella preguntara el motivo de esa orden tan repentina, cortó la llamada.
Magdalena se quedó mirando el teléfono mientras escuchaba el tono de desconexión, totalmente desconcertada. Suspiró profundamente. Al final, él era el jefe y ella no tenía otra opción más que obedecer.
Se recogió el cabello en una coleta, agarró su celular y la tarjeta de la habitación, y salió al pasillo. Como había mucha gente esperando el ascensor y él solo estaba un piso más arriba, decidió usar las escaleras.
Al llegar a la suite presidencial, llamó a la puerta. Instantes después, Renato le abrió, le dio una rápida mirada y volvió al interior.
Magdalena entró y cerró la puerta tras de sí.
—Presidente Jiménez, ¿se le ofrece algo?
Él también acababa de ducharse. Llevaba puesta una camisa blanca, pero los tres primeros botones estaban desabrochados, dejando a la vista su piel bronceada. No se había fajado la camisa, lo que le daba un aspecto relajado y casual. Su cabello oscuro seguía húmedo, con gotas de agua cayendo por las puntas.
Tomó una toalla del sofá y comenzó a secarse la cabeza, alborotándose el pelo sin importarle cómo lucía.
—La comida en Ribera Alta es demasiado dulce y no estoy acostumbrado. Aquí hay cocina y Camilo ya fue a comprar los ingredientes. Vas a cocinar tú.
El rostro de Magdalena palideció. ¿Acaso la había traído a este viaje solo para que fuera su sirvienta personal?
Al ver que ella no respondía, Renato dejó de frotarse el cabello y se giró para mirarla.
—¿Hay algún problema?
—Ningún problema —respondió ella rápidamente. ¿Acaso se atrevería a decirle que sí? ¡Por supuesto que no!
Sintiendo que el calor se apoderaba de sus mejillas, Magdalena apartó la vista apresuradamente.
—¿Hay algo que no le guste comer?
Los profundos ojos de Renato permanecieron inalterables. Parecía no tener idea de que lucía como una tentación andante.
—No le pongas ajo.
Ella estaba a punto de preparar brócoli al ajillo, así que agradeció mentalmente haber preguntado.
—De acuerdo.
Salió de la cocina con la intención de preguntarle a Camilo si tenía alguna preferencia, pero al echar un vistazo por la suite, no vio ni rastro de él. Estaba a punto de preguntarle a Renato, pero al girar la cabeza chocó de lleno contra su pecho.

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