Mientras Lázaro Guzmán trabajaba, recibió una llamada del teléfono fijo de La Terraza del Ángel. Al contestar, escuchó la tierna vocecita de Reina que balbuceaba un "Papá" lleno de cariño, seguido de un montón de sílabas incomprensibles.
Al no entender absolutamente nada, Lázaro habló más fuerte.
—¡Claudia!
Claudia estaba justo al lado con el altavoz encendido.
—Aquí estoy, señor Guzmán —respondió la mujer de inmediato.
—¿Qué le pasa a Reina?
La niña llevaba un buen rato haciendo berrinche por su papá y Claudia no lograba calmarla; por eso había decidido llamarlo. Claudia dudó un momento antes de explicar.
—La niña Reina no deja de llorar pidiendo por usted. No quiso ni comer, ya no sé qué hacer.
Lázaro lo pensó un segundo.
—Iré a verla después del trabajo.
Al salir de la oficina, Lázaro se dirigió a La Terraza del Ángel. Fátima Sarmiento aún no regresaba. Nada más entrar a la sala, la pequeña Reina lo vio y corrió hacia él con sus piernitas cortas, abrazándose a sus rodillas.
—Papá...
Él se inclinó para levantarla. La carita tierna de la niña aún tenía un grano de arroz pegado. Claudia se acercó sosteniendo el platito con dibujos de patitos de la niña y lo saludó con respeto.
—Señor.
Lázaro llevó a Reina hacia el sofá. Al ver que Claudia intentaba darle de comer, sentó a la niña a su lado y tomó el plato.
—Yo lo hago.
Cuando Claudia intentaba darle de comer, la niña era un torbellino, escondiéndose por todos lados mientras la mujer la perseguía por toda la sala. Pero con Lázaro se comportaba de maravilla, mientras sus manitas regordetas jugaban con su corbata.

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