Lázaro salió del ascensor y la vio de pie a un lado, con la mirada baja. Llevaba un abrigo rosa que le llegaba por encima de las rodillas y una bufanda de cuadros grises y rosas. Al tener la cabeza inclinada, su cabello largo, oscuro y lacio caía a ambos lados de su rostro, resaltando aún más sus delicadas y blancas facciones.
Los pasajeros que esperaban ya habían entrado y las puertas del ascensor se cerraban lentamente. Ese espacio volvió a quedar en silencio.
Él la llamó en voz baja.
—Magda.
Al escuchar esa voz tan familiar, Magdalena se tensó por completo. Levantó la vista y lo primero que vio fue el apuesto rostro de Lázaro.
Él sostenía del brazo a una joven de facciones finas. La mujer llevaba un pantalón roto en la rodilla derecha, manchado de sangre.
Magdalena bajó un poco la mirada y preguntó con voz serena:
—¿Trajiste a una amiga al hospital?
—Sí —respondió Lázaro, vestido con una camisa blanca y un saco negro. Su tono delataba el esfuerzo por reprimir sus emociones—. ¿Y tú qué haces aquí? ¿Te sientes mal?
Ella esbozó una leve sonrisa.
—Control prenatal.
Lázaro miró su vientre y dejó escapar una sonrisa amarga. Al ver que estaba sola, preguntó:
—¿Él no te acompañó?
—Él...
—Magda...
Apenas ella había pronunciado una palabra, la voz cálida pero firme de Renato se escuchó a unos metros de distancia. Ella giró la cabeza y vio al hombre, alto e imponente, caminando a paso rápido hacia ella.
Al llegar a su lado, Renato pasó un brazo por su cintura con naturalidad. Su voz, ligeramente fría, dejaba entrever un leve reproche.
—¿Por qué no me esperaste en la recepción?
Que la abrazara de esa manera frente a Lázaro la hizo sentir algo incómoda. No podía simplemente ignorar la mirada llena de dolor y la palidez en el rostro de Lázaro.
Le dio un leve tirón al borde del saco de Renato y levantó la barbilla en dirección a él.
—Me encontré con un conocido.
Renato levantó la vista hacia Lázaro y luego echó un vistazo a la mujer que sostenía del brazo.

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