Lázaro abrió los ojos, miró el letrero luminoso del hotel, abrió la puerta y salió.
Como había bebido demasiado, al bajar dio un traspié. Irene se apresuró a salir para sostenerlo.
Apenas le rozó el brazo, él se apartó.
—Toma el dinero que te di hace un momento y alquila una habitación para ti —dijo él.
Ella preguntó por instinto.
—¿Y tú?
Él frunció el ceño. Ella se dio cuenta de su error y sintió que las mejillas le ardían. Tartamudeando, intentó corregirse.
—Quiero decir... ¿qué vas a hacer tú?
—Me voy a casa.
Lázaro rodeó el frente del auto, abrió la puerta del conductor, subió y se marchó. Tras avanzar cierta distancia, notó por el rabillo del ojo que había un bolso blanco en el asiento del copiloto. Giró el volante a la izquierda y dio media vuelta.
Irene observaba el coche alejarse. Se mordió el labio y se dio la vuelta para entrar al hotel, pero a los pocos pasos escuchó el claxon. Al voltear y ver que Lázaro había regresado, se le iluminaron los ojos.
El auto se detuvo junto a la acera. Lázaro bajó la ventanilla y le tendió el bolso.
—Tu bolso.
Irene se acercó, lo tomó y le dedicó una sonrisa.
—Bebiste mucho, ¿de verdad puedes conducir solo?
—Eso no es de tu incumbencia —soltó Lázaro antes de arrancar y alejarse.
...
Durante la cena en el restaurante, Lázaro no había dejado de mirarla, y después había discutido con Andrés. Magdalena casi no había comido nada. Al llegar a Bahía del Sur, le pidió a Olga que le preparara un tazón de sopa.
Mientras comía frente al televisor, Renato bajó después de bañarse y se sentó a su lado. Ella se acercó a olerlo.
—Ahora hueles mucho mejor. Hace un rato desprendías una mezcla de cigarro y perfume muy desagradable.
La gerente Becerra había estado sentada junto a él, así que el perfume que llevaba Renato era el de ella.
Renato, vestido con un suéter verde oscuro, lucía relajado. Su cabello, negro y brillante, estaba medio húmedo.
—En los negocios, ese tipo de cosas son inevitables.

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