Él frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
Irene bajó la mirada y murmuró en voz baja:
—No tengo amigos.
La expresión de Lázaro se volvió inescrutable y serena.
—¿Y tu familia?
Ella se mordió el labio y le costó hablar.
—Váyase, no tiene que preocuparse por mí.
Lázaro frunció aún más el ceño. Al ver que no quería dar detalles, decidió no insistir.
—Espera aquí un momento. Te llevaré a tu casa en un rato.
Dicho esto, caminó con prisa hacia el ascensor. Esperó un momento, bajó al primer piso y entró.
...
Afuera del consultorio de obstetricia.
Renato había estado esperando en el pasillo todo el tiempo. En las sillas de al lado había varias mujeres embarazadas haciendo turno junto a sus esposos.
Él se quedó de pie. Frente a él estaba sentada una pareja joven. El vientre de la mujer ya estaba muy abultado, tal vez de unos seis o siete meses. De vez en cuando, el hombre apoyaba la oreja sobre la barriga para escuchar, y la mujer le acariciaba la cabeza. Ambos irradiaban felicidad.
Casi todas las mujeres iban acompañadas de sus esposos a esas revisiones; era raro ver a alguien distinto acompañándolas.
Recordó la vez pasada, cuando tuvo que salir de viaje de negocios y le pidió a Wendy que acompañara a Magdalena. En aquel momento, debió haberse sentido muy triste.
Pero no le reprochó nada, ni siquiera la noche anterior. Cuando le preguntó si tendría tiempo ese día, lo hizo con la mayor tranquilidad, escondiendo la gran ilusión que le hacía para no hacerlo sentir culpable si estaba ocupado con su trabajo.
Era muy buena, pero también demasiado sensata.
A veces, ser demasiado sensato es una carga. Las personas así terminan soportando todas las injusticias, el dolor y las dificultades por sí solas.
En el pasado él no podía involucrarse, pero de ahora en adelante haría todo lo que estuviera en sus manos para allanarle el camino. A ella solo le tocaría estar a su lado, dócil y tranquila.

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