Una vez resuelto el asunto, los invitados comenzaron a retirarse.
Renato rodeó la cintura de Magdalena y juntos salieron del salón. Se detuvieron en la acera a esperar mientras el encargado del valet parking iba por su auto.
En cuanto el elegante Maybach negro se detuvo frente a ellos, Renato caminó hacia el lado del copiloto, abrió la puerta y protegió con su mano el marco superior mientras Magdalena se subía al vehículo.
Desde los escalones de la entrada del hotel, Daniela y Stella observaban cómo el vehículo de lujo desaparecía en la noche. Daniela rompió el silencio:
—¿No me aseguraste que ella era solo una aventura pasajera del Presidente Jiménez?
—¿Y yo cómo iba a saber que las cosas terminarían así? —respondió Stella con resentimiento. Si hubiera sabido lo importante que era Magdalena para Renato, jamás se habría atrevido a tocarla.
Al llegar a su casa en Bahía del Sur, Magdalena ni siquiera se molestó en ponerse sus pantuflas; corrió escaleras arriba hacia su habitación para meterse a la regadera. Había pasado tanto tiempo encerrada en ese almacén polvoriento que su ropa y su piel habían quedado impregnadas de un olor a moho insoportable.
Olga la vio subir corriendo como si fuera una ráfaga de viento y luego miró a Renato, quien entraba cargando su saco.
—Señor, ¿qué le pasó a la joven señora?
Renato guardó silencio unos segundos antes de responder:
—Prepara algo de cenar y súbelo a la habitación.
—Enseguida, señor —respondió Olga, encaminándose a la cocina.
De pronto, a Renato pareció ocurrírsele otra idea y habló en un tono calmado:
—Olvídalo, no hace falta que cocines nada.
Dejó el saco de su traje sobre el mueble de la entrada, tomó un abrigo negro largo que colgaba del perchero, se lo puso y se dispuso a salir nuevamente.
Olga lo siguió hasta el umbral y preguntó, confundida:
—Señor, ya es muy tarde. ¿Apenas llega y ya se va otra vez? Si la joven señora me pregunta, ¿qué le digo?
Con voz serena e indiferente, él respondió:
—Volveré pronto.
...
Magdalena estuvo sumergida en el agua caliente durante media hora. Al salir, sintió que había vuelto a la vida. Se secó el cabello y bajó a la sala.
Justo cuando bajaba el último escalón, Renato regresó de la calle sosteniendo una bolsa de comida; su abrigo negro aún traía impregnado el frío de la noche.
Renato caminó hacia el sofá:

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