Los rasgos del hombre se mantuvieron serenos e impasibles, pero sus ojos oscuros brillaron con intensidad:
—Sí.
Ella parpadeó sorprendida por un instante, pero luego continuó comiendo como si nada, pidiéndole a Olga que le sirviera un poco de agua fresca.
Renato la observó y le preguntó en voz baja:
—¿Estás enojada?
—Para nada. Está perfecto que sienta en carne propia lo que es convertirse en un cubo de hielo —ella realmente no estaba molesta. Renato lo había hecho para defenderla, habría sido una estupidez enojarse con él por eso—. ¿Cuánto tiempo la dejaste encerrada?
Para su sorpresa, él alzó ligeramente las cejas y una leve sonrisa se dibujó en sus labios:
—Toda la noche.
Magdalena casi se atraganta. Ella había estado allí apenas media hora y sentía que iba a morir congelada. Si dejaban a Stella toda la noche encerrada en ese almacén oscuro y helado, ¿seguirá viva y cuerda cuando abran la puerta por la mañana?
Después de terminar sus empanadas y beber un poco de agua, Renato tomó el control remoto para encender la televisión. Ella, aprovechando la distracción, estiró la mano hacia los bolsillos del pantalón de él para buscar su celular. Él le atrapó la mano inquieta:
—¿Qué estás haciendo?
Sus grandes ojos oscuros brillaban con picardía:
—Pásame el número del Abogado Zavala.
Su mano era suave y delicada, y el hecho de que estuviera buscando en sus bolsillos era como encender una llama peligrosa.
Los ojos de Renato se oscurecieron de inmediato. Sacó el celular y se lo entregó sin siquiera preguntarle para qué quería el número del abogado.
Magdalena, completamente ignorante del fuego que había despertado en él, agitó el teléfono pidiéndole la contraseña con la mirada.
Renato le dictó una fecha:
—1028.
Mientras ella tecleaba los números, preguntó con curiosidad:
—¿Qué fecha es esta?
Renato se tensó ligeramente y desvió la mirada con incomodidad:
—No es ninguna fecha importante. La puse al azar hace mucho tiempo y nunca la cambié por costumbre.

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