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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 580

El servicio del hotel fue bastante rápido; un par de minutos después sonó la puerta.

Lázaro se acercó a abrir, recibió las cosas de manos del empleado, cerró y volvió hacia ella:

—¿Prefieres comer primero o que te cure la herida?

Irene no había probado bocado en toda la noche y moría de hambre. Miró la expresión serena del hombre y respondió:

—Comer.

Hizo el ademán de levantarse, pero Lázaro le acercó la bandeja de comida hasta el sofá. Ella parpadeó, sorprendida, y volvió a sentarse. Ambos cenaron en un silencio absoluto.

Durante la comida, Irene no dejaba de lanzarle miradas discretas. Como siempre, el rostro de él era una máscara gélida; era imposible adivinar si le había gustado la forma en que ella había actuado esa noche.

Después de terminar, Lázaro llamó para que retiraran los platos y le entregó el frasquito de yodo.

Irene dudó un instante antes de tomarlo, bajando la mirada para ocultar su decepción. Por un momento, se había ilusionado pensando que él se lo aplicaría.

Lázaro caminó hacia la ventana, encendió un cigarrillo y miró hacia afuera. La noche de invierno ya había caído, sumergiendo la ciudad en la penumbra. Su estado de ánimo era igual que el paisaje exterior: desolado, frío y carente de toda paz.

Irene lo observaba desde el sofá. Su figura alta y elegante se recortaba contra el cristal, y la forma en que fumaba dejaba entrever una profunda melancolía.

Por estar distraída mirándolo, calculó mal la fuerza de su mano y el algodón con yodo rozó violentamente la herida. El dolor fue tan fuerte que arrugó el rostro.

Al escuchar su quejido ahogado, Lázaro volteó. Al ver el rostro pálido de la joven, recordó de inmediato que la herida que ella tenía en la rodilla había sido culpa de él, y ahora también le había provocado las heridas en el pie. Apagó el cigarrillo y caminó hacia ella:

—¿Necesitas ayuda?

El corazón de Irene dio un salto de alegría, pero no se atrevió a demostrarlo. Se mordió el labio inferior y lo miró con expresión desamparada.

Lázaro se sentó a su lado, le quitó el frasco de desinfectante y, usando un hisopo nuevo, comenzó a limpiarle cuidadosamente las heridas de los pies. Luego, le aplicó medicina en la rodilla lastimada.

Irene observaba al hombre mientras él mantenía la cabeza gacha, concentrado en curarla:

—Se nota que le importa mucho la señorita Sarmiento.

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