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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 613

—Lo dudo mucho —negó Virginia moviendo la cabeza—. Ninguna mujer puede soportar una infidelidad, y mucho menos si viene acompañada de maltrato. Ya la dejó marcada psicológicamente. Si los obliga a seguir atados, a la larga, la salud mental de Lucía se va a destruir.

Después de escuchar tanta insistencia, Don Emilio finalmente ató cabos. Miró a Renato, que seguía bebiendo tranquilamente, y luego a Virginia, con un tono lleno de sospecha.

—¿Ustedes dos se pusieron de acuerdo en esto?

Virginia se aferró al brazo de su suegro. A pesar de tener más de treinta años, su actitud cariñosa y protectora hacia el anciano resultaba completamente natural.

—Qué injusticia que piense eso. Solo lo digo por el bien de la familia Huerta, para evitar que ese matrimonio viva en una guerra constante y arruine la paz de su hogar.

Renato intervino en el momento justo.

—Don Emilio, tal vez debería preguntarle directamente a la señora Huerta qué es lo que ella desea. Al fin y al cabo, ella es la afectada.

Al concluir esa tensa y poco amena conversación, Renato regresó a la compañía, mientras que Virginia acompañó a Don Emilio al hospital.

...

Afuera hacía un frío penetrante. Tras descansar un rato en los jardines, Magdalena regresó al edificio. Antes de entrar a la habitación, observó a través del cristal de la puerta.

Lucía estaba sentada sobre la cama de sábanas blancas, abrazando sus rodillas y mirando hacia la ventana. La bata holgada de rayas azules que llevaba puesta la hacía lucir aún más frágil, despidiendo una soledad que partía el alma.

Justo cuando Magdalena estaba a punto de empujar la puerta, su celular comenzó a vibrar en su bolsillo. La pantalla mostraba un número desconocido.

—¿Bueno?

Del otro lado se escuchó la voz ronca de una mujer.

—Señorita Magdalena, soy Stella. Me gustaría verla.

Magdalena se quedó paralizada por un segundo. Casi había olvidado quién era Stella. Una chica de veinte años con un lado tan retorcido no era alguien a quien considerara necesario volver a ver.

Se aclaró la garganta y respondió con firmeza:

—Lo siento, no tengo tiempo.

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