Sabrina suplicó nuevamente:
—Si tan solo hablaras con él, todavía tendría una oportunidad. De verdad lo amo.
Magdalena alzó una ceja con elegancia.
—¿Ya cambiaste de opinión tan rápido?
El tono sarcástico de Magdalena la hizo sentir extremadamente incómoda y no quería ni responderle. Su madre ya le había advertido que, por culpa de esta mujer, su primo le había prohibido visitar la mansión sin motivo.
Su madre también le había insistido en que midiera sus palabras y no ofendiera a esta "prima política" para no enfurecer a Renato.
Sabrina forzó una sonrisa.
—Te equivocas, prima. Mis sentimientos por Javier son firmes y verdaderos.
Magdalena levantó la mirada y la observó con un desprecio gélido.
—Recoger la basura que otra tiró y tratarla como un tesoro... qué pésimo gusto tienes.
Sabrina explotó de ira y miró a Renato buscando justicia.
—¡Primo!
Renato la miró sin inmutarse, recostado con una postura relajada y casual.
—Si tuviste la capacidad de destruir su matrimonio, deberías tener la capacidad de convencerlo de que se case contigo.
El rostro de Sabrina palideció aún más. Tomó un largo respiro, sus pestañas temblaron y, después de un largo silencio, murmuró:
—Vine a buscarte porque no me queda otra opción.
La mirada de Renato se volvió inescrutable.
—Deberías saber cómo están las cosas entre nuestra familia y los Huerta. Si intervengo, todo empeorará.
Magdalena finalmente comprendió la situación. Lucía se había divorciado de Javier Huerta, y ahora Sabrina quería ocupar el puesto de esposa legítima, ¡pero Javier no tenía la menor intención de casarse con ella!
Era el castigo perfecto.
Magdalena esbozó una amplia y maliciosa sonrisa.
—Si tanto te gusta, persíguelo y ruégale sin dignidad. Después de todo, ya fuiste su amante, no creo que a estas alturas te importe mucho el decoro, ¿verdad?
Sus insultos acabaron con la paciencia de Sabrina.

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