Magdalena estaba distraída con su celular mientras esperaba a que Renato llegara. Al escuchar el sonido de un motor en la planta baja, dejó el teléfono, se acercó a la ventana y vio a su esposo bajando del auto. Su traje oscuro parecía fundirse perfectamente con la noche.
Como ya era costumbre, Renato levantó la vista hacia la ventana de la habitación principal en cuanto se bajó. La luz estaba encendida, y sobre el cristal se dibujaba una hermosa y esbelta silueta.
Esa persona estaba allí, parada junto a la ventana, observándolo. Esperándolo.
Una ligera sonrisa se formó en sus labios, y todo su cansancio desapareció al instante. Aceleró el paso hacia el interior de la casa.
Magdalena lo vio entrar a la sala y fue directamente al baño para prepararle la tina. Apenas metió la mano para comprobar la temperatura del agua, sintió unos brazos fuertes que la envolvían por la espalda.
Un beso apasionado, rápido e implacable se apoderó de ella. Sin darle siquiera tiempo de reaccionar, quedó sin fuerzas en sus brazos.
Se separaron por unos segundos, juntando sus frentes mientras ambos respiraban agitadamente.
El calor del agua empezó a generar vapor, cubriendo las puertas de cristal del baño con pequeñas gotas condensadas.
El sonido incesante del agua cayendo parecía crear un ritmo que acompañaba la intimidad del momento.
Renato volvió a acercarse, llevando sus labios hasta el oído de ella para susurrarle con la voz ronca:
—Apenas estuvimos separados unas horas y ya te extrañaba.
Magdalena intentaba recuperar el aliento. Sus mejillas estaban encendidas, sentía las piernas débiles y se aferraba con fuerza a la camisa de Renato para no terminar en el suelo.
Solo cuando logró calmarse un poco, le preguntó:
—¿Alguien te provocó hoy?
—Un poco —admitió Renato sin rodeos. Recordar lo que había visto en la recepción lo llenaba de celos y de un extraño sentimiento de injusticia—. Todos los demás llevaron acompañante, menos yo.
Los labios de Magdalena habían adquirido un tono rojo intenso por los besos. Brillaban bajo la luz del baño como si estuvieran bañados en miel, abriéndose y cerrándose mientras hablaba.
Sus ojos oscuros se llenaron de diversión.
—Pero si antes siempre ibas solo a esos eventos.
—Eso era antes, ahora tengo esposa —al hablar, su respiración cálida chocaba directamente contra el oído de ella, erizándole la piel y tensando cada nervio de su cuerpo.


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