—Acabo de salir del aeropuerto —hizo una pausa y añadió—. Mauricio se llevó a Lucía a Estados Unidos.
Renato le hizo una seña a Camilo para que saliera, se levantó y caminó hacia el ventanal, observando el día despejado:
—Ven a la oficina.
Magdalena preguntó:
—¿A qué voy a la oficina?
Su tono fue suave, con un matiz profundo y envolvente:
—¿No quieres verme ahora mismo?
Ella respondió por instinto:
—Sí.
Al escuchar su respuesta tan sincera, Renato sonrió satisfecho:
—Entonces ven, te espero.
Magdalena temía interrumpir sus labores:
—¿No te voy a distraer?
Se escuchó la risa baja del hombre, cargada de un sutil encanto al final de la frase:
—Para nada.
Al terminar la llamada, Renato marcó a la extensión interna. Momentos después, Camilo entró a la oficina. Renato firmó los documentos del escritorio y se los entregó:
—Baja y espérala en la entrada, está por llegar.
El celular de Renato había estado sobre el escritorio todo el tiempo. Cuando sonó, Camilo alcanzó a ver el nombre en la pantalla, así que no necesitaba preguntar quién era la persona que estaba por llegar.
Tomó los documentos y asintió:
—Entendido.
Una vez que Camilo salió de la oficina, Renato tomó otro archivo de la carpeta, pero no lograba concentrarse. Ella acababa de decirle que lo extrañaba, y que lo extrañaba muchísimo.

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