Renato Jiménez estaba sentado en el sofá con las piernas cruzadas. Tenía el diario de tapas negras apoyado sobre su regazo. Inclinado ligeramente hacia delante, sus largas pestañas cubrían la profundidad de su mirada. Sus largos dedos pasaban las páginas una a una, leyendo con detenimiento.
El grueso cuaderno relataba todo el proceso desde que se conocieron hasta que empezaron a salir, y cada pequeño detalle de lo que vino después.
Después del incidente en el bar, volvió a escuchar la voz de Fabiola a través de los altavoces de la escuela. Su voz, suave y delicada, fluía como una lluvia fina mientras declamaba con excelente dicción un poema de Gustavo Adolfo Bécquer.
Su voz llenaba cada rincón del campus, como un rayo de sol que se esparcía lentamente.
Mientras regresaba a su salón con el balón de baloncesto bajo el brazo, escuchó a varios chicos hablar sobre ella.
—¿Escuchaste esa voz? Es la chica más linda de Informática. A partir de hoy, es mi diosa.
—¿Cómo se llama?
—Fabiola.
Entre él y Fabiola no hubo nadie que diera el primer paso; sintieron la conexión y simplemente terminaron juntos. Todo pasó de forma natural.
En ese entonces él era joven y no tenía la madurez de ahora. Actuaba impulsado por su propio temperamento, y muchas veces ni siquiera se detenía a pensar en lo que ella sentía.
Al leer el diario, se dio cuenta de que fue ella quien tuvo que ceder y tolerarlo la mayor parte del tiempo.
Cuando llegaba a sacarla de sus casillas, ella dejaba una pequeña queja por escrito, pero siempre remataba con la frase: "En fin, ¿qué le voy a hacer si me gustas tanto?"
Aunque el primer amor de la juventud te marca para toda la vida, los años habían desdibujado los recuerdos y muchas cosas se le habían borrado de la memoria.
Ver los registros tan detallados en el cuaderno hizo que el pasado le pasara por la mente como si hubiera ocurrido ayer. Sin embargo, ya no sentía aquel dolor punzante, solo una extraña desorientación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Casé con el que Pagó Mi Venganza