Magdalena se quedó helada, pero poco a poco logró recuperar la calma. Su mirada se desvió hacia Irene, que seguía de pie con la cabeza gacha. ¿Por qué no estaba ella adentro sirviendo de antídoto en lugar de estar en el pasillo?
Andrés adivinó lo que estaba pensando.
—Lázaro no quiso tocarla.
Últimamente, los medios publicaban a diario noticias sobre ellos. ¿Acaso Irene no era su novia oficial?
Aunque Magdalena estaba confundida, sabía que no era el momento para hacer preguntas.
—Entonces, ¿quién está adentro...?
Andrés negó con la cabeza y frunció el ceño.
—Nadie más. Se encerró solo en la habitación.
Magdalena lo pensó un instante.
—Vamos a llevarlo al hospital.
Andrés sabía que ese tipo de droga, si no se aliviaba con una mujer, podía dañar seriamente el cuerpo.
—Iré a recepción a pedir una llave de repuesto.
Magdalena e Irene se quedaron esperando afuera. Andrés corrió con todas sus fuerzas. Por suerte, a esa hora no había mucha gente en los ascensores, así que no tuvo que parar en cada piso.
Unos minutos después, Andrés regresó con la tarjeta magnética. El pitido abrió la puerta. La habitación estaba vacía, así que los tres se dirigieron de inmediato al baño.
Lázaro estaba recostado en la bañera con la camisa a medio desabrochar. Su piel y su atractivo pecho mostraban un intenso rubor. Los mechones de cabello, empapados, se le pegaban a la frente, y su ceño estaba profundamente fruncido, reflejando una agonía que intentaba soportar.
Magdalena se acercó y lo llamó con cautela.
—¿Lázaro?
El hombre en la bañera no reaccionó. Ella se acercó un poco más y le tocó suavemente el hombro.
—Lázaro...
Él abrió los ojos. Tras un breve instante de confusión, giró la cabeza para mirarla, creyendo que estaba soñando. Abrió la boca, incrédulo.
—¿Magda?

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