Sin embargo, Mauricio no tardó en desechar ese pensamiento, porque la frase de Emilia, «les deseo mucha felicidad», le cayó como un balde de agua fría.
En su fantasía, él imaginaba que, al verlo llegar del brazo de su nueva novia, Emilia se mostraría devastada, triste, o al menos soltaría un par de insultos llamándolo patán.
Cualquier reacción de ese tipo le habría confirmado que él aún era importante para ella y habría hecho que su «culpa» se sintiera justificada.
Pero ella no hizo nada de eso.
Desde el primer momento se mostró tan entera y sus emociones fueron tan estables, que Mauricio casi dudó de que alguna vez lo hubiera amado.
Esto fue un golpe directo a su machismo.
—Emilia —volvió a insistir, esta vez con un tono más duro—, no tienes que hacerte la fuerte conmigo. Ya somos adultos, no me meto en lo que decidas hacer con tu vida, pero espero que seas responsable de ti misma. No vayas a meterte con hombres viejos y forrados de dinero solo por despecho o para pagar las deudas de tu casa. Esa gente nunca te va a tomar en serio, la única que saldrá lastimada serás tú.
Tras soltar ese discurso, Mauricio sintió que había cumplido su deber como el exnovio maduro y preocupado. Había señalado el problema sin sonar demasiado grosero.
Incluso se quedó esperando a que Emilia mostrara alguna mueca de dolor por haberle dado en el punto débil.
A Emilia la situación le pareció un mal chiste.
Miró el rostro de Mauricio, pintado con esa expresión de «lo digo por tu bien», y se maravilló de lo ciego y arrogante que podía ser un hombre.
Él le había puesto los cuernos, se pavoneaba frente a ella con su nueva conquista, ¿y encima tenía el descaro de darle lecciones de moral?
La lógica era tan absurda que ni siquiera valía la pena enojarse.
Emilia lo pensó un segundo y decidió que, ya que habían llegado a este punto, iba a dejar las cosas muy claras.
Después de todo, ella tenía la conciencia limpia y no iba a cargar con la etiqueta de «mujer de la vida alegre» solo para complacer su ego.
—¿Acaso no puedo tener una relación normal? —preguntó con voz firme y serena—. Mauricio, no soy tan patética como imaginas.
Mauricio se quedó mudo.
—De hecho, mi nuevo novio... —Emilia hizo una pausa. Al pensar en Orfeo Núñez, una sonrisa genuina se asomó a sus labios— siempre fue el hombre que yo deseaba. Simplemente di un rodeo enorme, y ahora el destino por fin me ha sonreído.
Esas palabras fueron como una aguja clavada directamente en el orgullo de Mauricio.

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