Melisa entendía el cuerpo humano y las trayectorias de movimiento mucho mejor que la mayoría. Tras observar el terreno por encima, dio vuelta y se metió por un callejón angosto.
De pronto, en una bifurcación, frenó en seco. En la pared derecha había una raspadura reciente: la marca de una vuelta cerrada hecha con prisa por el triciclo.
Se le levantó apenas la comisura de la boca y siguió el rastro.
Tres minutos después, lo acorraló en un callejón sin salida.
El triciclo se fue directo hacia ella, sin intención de frenar.
El tipo estaba seguro de que Melisa no se iba a arriesgar. Hasta que la vio sacar de atrás una pistola de diseño peculiar; frente a él, con movimientos precisos, la preparó y apuntó directo al asiento del conductor.
El triciclo frenó de golpe, rechinando, y se detuvo apenas a un metro de Melisa.
Se abrió la puerta. El “viejito” bajó. Su voz, antes cascada, ahora sonó joven.
—No pensé que la heredera de los Núñez fuera así de peligrosa. En este mundo, casi nadie puede seguirme el paso.
Con esa voz, Melisa supo de inmediato quién era. Guardó el arma.
—¿Cuánto te pagó Camila?
El hombre se arrancó la cara falsa. Su expresión se llenó de sorpresa: la voz de esa chica… sonaba igual que la de su jefa.
—¿Tú quién eres?
Melisa le extendió la mano.
—El celular. Dámelo.
Leonel Fabián todavía no lo terminaba de asimilar, pero su cuerpo ya había reaccionado solo. Caminó hasta Melisa y, como si fuera lo más natural del mundo, le puso el celular robado en la palma, con una obediencia casi automática.
La cara de Leonel pasó de asombro a shock. Hasta las pupilas le temblaban.


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