Camila ya no pudo seguir actuando. Que una chavita la regañara así, aunque no hubiera extraños, le hacía trizas el orgullo.
Quiso responderle, pero se contuvo. Tragó el coraje y bajó la cabeza.
—No sabía que el señor Núñez ya te había dejado tanto poder a ti… Tienes razón. Fue culpa nuestra. No supe educar a mi hija. Espero que nos perdones.
—¡Mamá! —Lorenzo no podía creer que su propia madre se rebajara así ante Melisa. Estaba a nada de perder el control, pero Camila le agarró la muñeca con fuerza.
—¡Lorenzo! No faltes al respeto —le dijo Camila, bajando la voz—. Discúlpate.
Lorenzo sintió que lo estaban humillando. Bajo la mirada amenazante de su madre, terminó cediendo. Bajó la cabeza, apretando los dientes.
—Perdón… prima.
Melisa sabía perfectamente quién era la más colmilluda de los tres: Camila. Se puso de pie.
—Vine en nombre de mi abuelo y de mis hermanos a ver cómo estaba. Como mi prima no está herida, me retiro.
En cuanto Melisa se fue, Lorenzo le metió un puñetazo a la pared.
—¡Mamá! ¡Hermana! ¿De verdad vamos a dejar que nos trate así y nos amenace?
Camila le dio unas palmadas en el hombro.
—Siempre tan impulsivo. ¿Tú crees que de verdad agaché la cabeza ante esa niña?
Lorenzo Ángel Durán se quedó en blanco.
—¿Entonces qué fue?
Claudia se sentó al borde de la cama y se arrancó la gasa de la muñeca. Habló bajito:
—Otra vez caí en su juego. No pensé que fuera tan lista. Tiene pruebas de que yo robé. No puedo dejar que ese video salga completo.
Lorenzo se quedó helado. Al ver que en la muñeca no había herida, solo mancha, entendió de golpe que Melisa decía la verdad.
—Entonces… ¿lo del recital era cierto? ¿De verdad plagiaste la partitura de Melisa? ¿Plagiarle a una don nadie?
No lo podía creer.
A Claudia se le subió la vergüenza.
—¡Melisa me tendió una trampa! ¡También se robó mis ideas! Esa partitura la hizo con mi inspiración.
Lorenzo no entendía de música, así que soltó lo primero que le salió:
—Pues si era tu idea, ¿por qué no pudiste escribir tú la partitura?
Claudia se quedó sin respuesta. Le subió una mezcla de frustración y humillación.
Para alguien que crea, la inspiración es un chispazo que hay que atrapar en el momento y dejarlo completo. Pero ¿cuántos pueden? Ella no. Había hecho versión tras versión y Londo se las rechazó todas. La única que él elogió de verdad fue la que Melisa escribió “al ahí se va” en un papel.
Melisa seguramente vio una sola vez sus borradores fallidos, pescó la idea y la llevó al límite.
¿De verdad Melisa había heredado el talento musical de los Núñez? ¿De verdad era una prodigio?
A Melisa se le heló la mirada. Caminó rápido y agarró al niño que iba al frente del cuello de la playera.
—¿Así de chiquitos y ya se creen muy valientes para meterse con un señor? ¿En su casa no les enseñaron modales?
Los niños se espantaron por su tono y su presencia. Soltaron todo y salieron corriendo.
Melisa ayudó al viejito a recoger sus cosas y lo levantó. Él le agarró la mano, agradecido.
—Gracias, de veras… si no llegas, no sé qué hubiera hecho.
—No es nada. Hay chamacos que nomás entienden a la mala.
Melisa sonrió, lo acompañó hasta su triciclo y lo vio irse. Cuando se volteó, una ráfaga de viento le pegó en la cara. Se detuvo en seco y giró la cabeza.
Ese “viejito” no era pepenador.
Un aroma amaderado, finísimo, se le metió a la nariz con el viento. Ella lo reconoció al instante: un perfume de alta gama, de esos que sacan poquísimas piezas al año y se revenden en millones.
Melisa metió la mano al bolsillo. Tal como lo sospechaba: su celular ya no estaba.
Se dio la vuelta y salió tras él, pero el ladrón tenía una capacidad brutal para borrar su rastro. Alguien que se escondiera así de limpio y la dejara sin pistas… casi no existía.
Melisa frenó la moto, apoyó un pie en el suelo y miró la calle vacía. Soltó una risa baja, fría.
—Qué interesante.
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