—¿Todavía no te vas? —preguntó.
—Vamos a cenar —dijo Dani, recargado con flojera en el asiento de piel, girando la cabeza hacia ella—. ¿No es algo que se celebra?
Melisa tanteó la medalla en la mano.
—¿Esto? —Se la guardó en el bolsillo, como si nada—. Ese dinero de apoyo no alcanza para mi proyecto.
—¿Y lo que falta no lo estoy poniendo yo? —replicó Dani.
Melisa lo miró de reojo.
—¿Y todavía quieres que te dé las gracias?
Dani soltó una risa baja.
—¿Unas carnes?
—No. En la noche voy a cenar a la Botica de los Santos —Melisa dudó un momento—. ¿Vas?
Lo dijo por cortesía, sin intención real de invitarlo… pero él asintió de inmediato.
—Va.
Pues bueno…
En el camino, Melisa contestó varias llamadas: algunas de señores y señoras de la zona militar, y otra de Dante Almeida.
Con el tratamiento de Melisa, la pierna de Dante había mejorado muchísimo. La noticia ya andaba por todos lados, y cuando él llamó, se escuchaba apenado.
—No quería molestarte, doctora… pero mis amigos, los que traen enfermedades crónicas, me están presionando un montón. Todos quieren ir contigo a checarse. Ya no supe qué hacer y me dio pena, pero tuve que hablarte.
Melisa lo pensó.
—Ahorita ando muy ocupada, pero puedes ir con mi maestra. Ella consulta en la Botica de los Santos y su técnica es mejor que la mía. Para lo de tus amigos, le alcanza de sobra.
Dante anotó la dirección de inmediato.
—Sí, sí, perfecto. Gracias, doctora.
El carro entró por el camino angosto hacia la Botica de los Santos. Los dos caminaron por el callejón; por el trayecto, mucha gente saludaba a Melisa con entusiasmo.



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